Mi nombre es Ana Rubiolo, soy fan de la Astrología y el TAROT. Escribo mis sueños y sus imágenes son una fuente de inspiración para mis cuentos. La ficción, los sueños y las experiencias vividas van rondando en mi escritura.
A la hermana Francisca y a mi amiga María Rosa dedico este cuento con todo mi cariño
Conocí a la verdadera hermana Francisca el día que el profesor Costa de Educación Cívica de tercer año me denunció como “peligrosa” a la Directora del Secundario después de dar mi opinión política en su clase. Fui citada a la dirección inmediatamente. Yo conocía a la directora del secundario pero no a la hermana Francisca que por las vueltas del destino eran la misma persona. Temiendo ser suspendida por la directora tuve la grata sorpresa de encontrarme con la sonrisa afectuosa de la hermana Francisca.
¡Qué extraños momentos! Ya había pasado por ese mismo lugar un par de años antes cuando era Directora la hermana San Román. Esa cruel persona fue la que me dejó castigada y encerrada bajo llave y a oscuras por varias horas sin que yo no hiciera nada reprochable. Esa tarde tardó tanto en aparecer que me sentí arrojada hacia un pozo profundo y oscuro. Creí con seguridad que el mundo se había olvidado de mí. Cuando entró San Román y prendió la luz reconocí la sorpresa en su rostro. Un rostro cuadrado, tenso y bigotudo que me producía pesadillas. Enseguida hizo que me arrodillara, le besara el anillo y que me fuera a mi casa. A esa hora de la tarde el colegio era un desierto sin gente.
El destino tiene revanchas, dos años después yo estaba en esa misma dirección conversando amablemente con otra directora, la hermana Francisca. Nuestra charla rondaba sobre temas sociales y cuestiones políticas. Era la época de Cristianismo y Revolución y nos orientamos especialmente a hablar de revoluciones. Fue tan larga y profunda la conversación que era imprescindible quedar para seguir debatiendo otro día.
Para mí hablar de política era lo mismo que tomar la leche con pan y manteca. En mi casa se hablaba de política hasta en la sopa. Cuando venían mis tíos para las fiestas completábamos el panorama político porque ellos participaban en distintos partidos. Si bien todos tomaban posición en defensa de los trabajadores cada uno tenía una idea distinta de cómo resolver las injusticias. A mí me gustaba escucharlos. Papá comenzaba su relato y siempre terminaba apasionado, entonces mi tío Luis, el socialista, lo cargaba y eso a mí no me gustaba. Mi papá era fiel a sus ideas y las defendía. ´
Mis conversaciones con Francisca replicaban lo que yo había aprendido en mi casa. Un día Francisca me pregunta si me interesa participar de algunas reuniones a las que ella asistía. Por supuesto que le dije que sí.
Y así cita tras cita fui conociendo distintos grupos revolucionarios que clandestinamente se reunían en iglesias, colegios y villas miseria. Yo siempre siguiendo las invitaciones de la monja. En esas reuniones me encontraba con curas obreros, religiosas que vivían en las villas con los pobres, estudiantes universitarios. Yo era la única menor hasta que la invité a mi compañera María Rosa a que se uniera a las reuniones.
Nos encontrábamos con María Rosa al atardecer en la puerta del colegio. Era necesario que no nos viera nadie. La hermana Asunción estacionaba la estanciera en una esquina y ellas dos, Francisca y Asunción, salían sin hacer ruido por una puertita lateral. Nosotras las estábamos esperando en la vereda y cuando iban hacia la camioneta, nosotras nos subíamos rápidamente y nos escondíamos en el asiento de atrás para que no nos vean por las ventanillas.
Eran épocas de jugadas creativas, de pasiones desmedidas, de ideales justicieros, épocas de sueños compartidos y de mucha violencia soportada por los autoritarismos represivos. En el poder estaban los militares con sus acostumbrados golpes de Estado. Nosotros teníamos claro quiénes eran los malos y luchábamos contra sus privilegios.
Todo era increíblemente extraño y fascinante para mí en esos encuentros hasta que sucedió lo más increíble. En una capilla de zona sur mientras veíamos una película tipo noticiero de Perón y Evita viajando en tren por las provincias, se dio el milagro. Evita bajó del tren, salió de la pantalla y nos habló a nosotros, los que estábamos ahí clandestinamente reunidos.
¡Qué hermosa mujer! pensé yo mientras la escuchaba. Ella nos agradecía la valentía que teníamos de jugarnos por los más necesitados, por sus queridos descamisados. Y nos pedía que defendiéramos a Perón de todas las infamias que se decían de él. Que Perón iba a volver a la Argentina gracias a nuestra lucha y que volveríamos a ser felices.
¡Increíble! Así como vino se fue. Entro de nuevo en la pantalla y se subió al tren. Todos nos quedamos tan impactados que nos pusimos a cantar la Marcha Peronista y después algunos salmos y después seguimos cantando un rato largo. Nos abrazamos muy fuerte y nos fuimos sin hacer el menor ruido. Al subir a la estanciera las hermanas nos dijeron que no comentáramos nada de lo ocurrido porque nos iban a tomar por locas. Yo por supuesto les hice caso a las monjas y recién hoy después de 60 años me animo a contar lo sucedido. Aclaro que no estoy loca y que los milagros existen. Hay testigos de mi relato que lo pueden confirmar.
Estoy viajando en un tren a supervelocidad, desde la ventanilla veo el horizonte, cielo y tierra en panorámica, el tren parece que remontara vuelo y el paisaje se vuelve infinito. Siento en mi cuerpo un vértigo placentero. Es un viaje con destino incierto. El tren atravesará la dimensión temporal actual y nos conducirá al futuro. No sé qué me espera, no sé qué encontraré. No hay mapas dibujados, el tiempo se trastocará. Sólo algunos indicios me orientarán: “El nombre Victoria” “Un espejo parabólico”, ¿“un árbol de moras”? Todos estos datos he recibido hace dos días junto al pasaje de este tren superatómico.
Después de unas horas o días, no sé contar en este nuevo paradigma temporal, el tren se detiene en un parador situada en medio de unas montañas muy altas. Bajo del tren junto con otros viajeros. Cada uno toma un rumbo distinto. Yo camino por un sendero hasta que veo un suelo morado desde lejos, me acerco y ahí encuentro un árbol de moras maduras, muchas se habían desparramado por el suelo. El sendero zigzaguea en ascenso y en un zigzag me detengo. Veo un espejo parabólico sobre un edificio dentro de en una reserva de araucarias. Bajo los árboles un grupo de ¿humanos? reunidos. Sus vestimentas que brillan al sol parecen metálicas. Están haciendo extraños sonidos con instrumentos para mí desconocidos, todos conectado con todos por unos cables dorados. Una chica me ve y me sonríe, parece que me conoce, me hace señas de que pase por una especie de barrera electrónica. Me habla a través de una pantalla que lleva en su pecho. Los sonidos se van dibujando con rayas de colores.
-Hola- me dice una voz metálica-te conozco por una fotografía analógica que tenía mi abuela.
-Qué pasó con tu voz? – le pregunto – ¿Hablás directamente de tu mente a la pantalla? – yo veía que la chica no movía los labios
-Es complejo de explicar –responde la voz metálica- ¿Sos Ana?
-Sí, vengo del año 2030, ¿en qué año estamos?
-2060. Estamos festejando tu llegada.
-Ah! ¿Soy tan importante?
-Gracias a tus fotos y videos que heredé de mi abuela he podido reconstruir mi historia vincular en la Tierra y nos ha ayudado a muchos de nosotros a rescatar nuestra historia… desde hace unos diez años aproximadamente vivimos en el espacio, hemos mutado.
-Mutado y mudado por lo que me decís vocecita metálica.
-Mi nombre es Victoria, soy la nieta de Susana, tu amiga.
-¡Ah! Susana, hermosa persona. Pero, ¿Qué ha pasado? ¿Qué barbaridad hemos hecho los humanos para que ustedes tenga que andar vagando por el espacio?
-En el 2050 hubo un ataque nuclear que nos dejó sin memoria y sin voz, estamos reconstruyendo nuestras vidas, nos estamos rehaciendo en pequeñas comunidades que llamamos tribus y vamos y venimos en naves de estaciones espaciales a planetas amigos.
-Les agradezco la invitación pero ¿en qué puedo ayudar yo?
Cuadro de Raquel Forner
A esta altura de la charla me percaté que los jóvenes del grupo con sus pantallas encendidas escuchaban y comentaban nuestra conversación muy atentamente porque por esos cables dorados estaban todos conectados con todos.
En la pantalla de Victoria aparece una foto donde estamos Susana y yo sonriendo y mirándonos a los ojos con complicidad.
-Mi mamá me mostró esta foto la última vez que la vi y me pidió que te buscara.
-¡Qué linda foto! no la conocía. ¿Quién la sacó?
-Mi mamá, la hija menor de Susana, Pato, a la que vos le enseñante fotografía.
– ¡Ah! ¡Patito! Yo le decía así “Patito”, ella tenía una capacidad extraordinaria de pescar momentos únicos. Como los de esta foto.
-Mi mamá me contó sobre las clases de fotografía que les dabas y a ella se le ocurrió que vos me podías enseñarar a mirar de otra manera… yo manejo un telescopio en una de las estaciones espaciales, ella me dijo que tu forma de ver es muy creativa y para descubrir nuevos planetas se necesita imaginación.
-Susana y Pato siempre me supervaloraron, pero si Pato quiere eso yo estoy dispuesta.
-El problema es que si venís con nosotros no vas a poder volver a la Tierra con tu gente porque el tiempo se hace más lento en el espacio, ya habrán pasado muchos años cuando puedas volver aunque estés con nosotros unos pocos meses… preveo que la Tierra no existirá como la conocías cuando subiste al tren.
-Puedo correr ese riesgo, mi vida ya es desde hace tiempo un largo viaje.
Estuvimos en la estación espacial junto al telescopio no sé cuánto tiempo porque es difícil cuantificar el tiempo desde estos lugares. Durante mi estadía en la estación los científicos pudieron perfeccionar el viaje hacia el pasado y a mí se me ocurrió la loquísima idea de viajar y volver a encontrarme con Susana, volver a un pasado en el que éramos felices juntas. Le comuniqué mi deseo a Victoria y ella me aclaró que viajar podríamos pero sin modificar nada de lo que se había vivido.
– ¿La podré ver desde lejos?
-Desde lejos- confirma la vocecita metálica.
-Nos queríamos tanto que para mí volverla a ver aunque sea de lejos le da sentido a ese viaje.
-Y a nosotros también nos puede servir para recoger algunos datos útiles.
-Datos y emociones… Eran años muy vertiginosos.
-En los sentimientos sé que tenemos mucho que aprender, también.
Viajamos en ese tubo metálico hacia el pasado y llegamos al 2001, en Buenos Aires. Caímos en Plaza de Mayo. Las calles ardían de gente gritando “¡que se vayan todos!” golpeaban cacerolas, hacían ruido con lo que tenían a mano. Había manifestaciones por todos lados, asambleas en cada barrio.
Yo caminaba con bastante soltura en medio del quilombo pero Victoria y Sebastián que venían conmigo no lo podían creer… ellos iban protegidos por camperas con capuchas para pasar desapercibidos aunque era verano y hacía muchísimo calor.
Les indiqué que podíamos tomar el subte hasta la casa de Susana. Para ellos todo era novedad… eran como niños de campo que viajan por primera vez a la ciudad. Cuando llegamos a la casa de Susana miramos a través de la ventana y ahí estaba ella sentada de espaldas charlando con sus hijos en el living. Yo suspiré fuerte cuando la vi y ella giró la cabeza hacia la ventana entonces nosotros rápidamente nos agachamos para escondernos. Creo que no llegó a vernos pero se levantó caminó hacia el reproductor de música y puso un disco y un tema “Con el alma en vilo” de Teresa Parodi. Era nuestro tema. Algo percibió Susana de mi presencia, lo sé. Ella siempre me presentía cuando yo estaba cerca. Aunque sea en su memoria algo se modificó o se alteró. No sé de las implicancias en la historia de ese acto sutil pero para mí fue emocionalmente intenso, profundo, confirmatorio del amor que nos unía. Victoria también pudo ver a su mamá de niña desenvuelta, charleta, animando a Susana que estaba como distante y pensativa.
Nos alejamos del lugar caminando en silencio por las calles de Colegiales, el impacto emocional de esta visita aunque fuera de lejos nos había shoqueado. Nos sentamos en un bar a tomar un café. Un ritual desconocido para mis compañeros de viaje. Sebastián nos miraba a las dos y se lo veía consternado. Ellos me hablaban a través de una pantallita que crearon para mí parecida a los celulares táctiles. La gente que me veía con ese objeto me miraba sorprendida, ¡era la novedad! porque en el 2001 ya había celulares pero eran con una pequeña pantallita monocromática, teclado fijo y sin internet solo podíamos hacer llamadas o enviar mansajes.
Victoria me escribe: “Me parece que algo percibieron”
-Sí, a mí también me pareció. Pero no creo que esa percepción cambie mucho el futuro.
Victoria escribe “O esa percepción hizo que Susana le hablara de vos a mi mamá y ella me dio la foto cuando la vi”
-¡Oh! ¡Impresionante!
Sebastián escribe “Hubo un movimiento extraño en esa escena”
-Buena percepción la tuya, Sebastián.
Yo les hablo directamente porque ellos me escuchan bien, a pesar del ruido del bar, la tele prendida y las discusiones políticas en las distintas mesas.
Victoria y Sebastián filmaron todo lo que vivimos en ese día y cuando volvíamos al tubo del tiempo que dejamos escondido bajo un puente me preguntaron si quería volver con ellos o me quería quedar en el 2001.
-No, aquí no, esto ya lo viví pero quiero volver al 2030 de donde partí.
“Te programamos para un día después de tu partida en el tren” me escribe Victoria.
-Buenísimo! Vuelvo a mi pasado, presente, futuro.
“Bajamos con vos, registramos y nos vamos” escribe Sebastián
Así es que durante un rato tuve en mi casa a dos chicos del futuro con los que viajé al pasado, anduve por el espacio y los despedí con un abrazo.
Y ahora qué hago con lo que viví, no se lo puedo contar a nadie porque provocaría una paradoja si alguien quiere cambiar algo. Ya sé voy a escribir un cuento de ciencia ficción y nadie se dará cuenta que está basada en hechos reales.
Soy de las personas que cree en la Astrología, me gusta pensar que hay un orden en el Cosmos y que formamos parte de esa danza astral y milenaria. Las sincronicidades nos guían. Por ejemplo, cuando pasó Saturno por la casa de Virgo (que es la casa de la Salud) en mi carta natal, me enfermé de los bronquios. Y mi vida cambió por completo. Tuve que dejar la ciudad portuaria donde vivía para establecerme a una zona de clima seco y montañoso. Así fue que me mudé a una casita en el campo. Los primeros meses me sentí un poco perdida. Me decían que ese cambio iba a ser bueno para mi salud. Pero no tuvieron en cuenta que transitaba Plutón en Capricornio sobre mi sol. Algo terrible me podía pasar.
Al principio los vecinos me miraban raro ¿Con curiosidad?, ¿Con desconfianza?
No había muchas casas por la zona, estaban desperdigadas entre el monte, la zona del arroyo y una montaña no muy alta que se ve desde mi ventana.
En invierno el clima no ayuda para salir de casa, hace mucho frío, el viento arrasa. Pero recuerdo que aquel día me sentí abrumada por estar encerrada entre esas cuatro paredes, así que me emponché y resolví salir, dar unas vueltas. Mientras caminaba mi preocupación rondaba en que esa noche iba a haber un eclipse de Luna, según mis cálculos se haría en el signo de Escorpio y era uno de los eclipses más tenidos por los astrólogos.
De a poco fui reconociendo los caminos y senderos que me llevaron al bosquecito. Nunca antes había pasado por ahí. Entre sus árboles frondosos sobresalía un humo gris verdoso que me llamó la atención. Me acerqué un poco más y divisé un ranchito. Llegué hasta la puerta y golpeé las manos. Nadie contestó.
La puerta estaba abierta y entré. Era una casa típica de la zona, con base de piedra, paredes de adobe y techo de paja. En una misma habitación había una cocina a leña. Me acerqué al fuego para calentarme. En una olla burbujeante se cocinaba algo extraño gelatinoso. Pensé “parece que alguien hace brebajes”. Muchos yuyos colgaban de unos hilos y una variedad de cacharros de barro de distintos tamaños descansaban sobre los estantes. Algo que brillaba me llamó la atención. Era un frasco de vidrio con un líquido verde fluorescente. Estaba abierto. Lo olí y me mareó. Imaginé que era una infusión poderosa y me dieron ganas de probarla ¿Y si la tomaba y perdía la razón? Pero Neptuno en aspecto tenso con mi Sol siempre se impone.
Alguien se acercó por detrás mío, me di vuelta, era una mujer anciana que me miró con ojos penetrantes y habló.
-Bébelo, te estaba esperando.
– ¿Usted a mí?
-No, el brebaje.
– ¿Me conoce?
– Te he soñado.
Su manera de hablar me dio confianza, sentí que no estaba ante una extraña. Pensé “el destino sabe… que Neptuno me guíe”. Agarré el frasco y bebí unos sorbos. El líquido era espeso y tenía un sabor amargo, pero pasable.
De pronto todo me dio vueltas. Apoyé los brazos en la mesa para no caerme. Me senté en un banco. Me dije a mí misma ¡tonta, tonta! ¿qué hiciste? Pero mientas me reprochaba algo se transformaba en mí. Comencé a ver las cosas de otra manera. Mágicamente se agudizó mi percepción.
Fue una experiencia increíble, nunca me había pasado algo así. Las formas de las cosas aparecían en sus detalles, en fragmentos minúsculos pero visibles, como si todo estuviera formado por ladrillitos que se unían. Todo latía a un ritmo y con una armonía musical. Todo estaba conectado con todo. Los colores eran más brillantes y cambiaban de tono y se movían en círculos.
Miré mis manos, mis venas y de pronto yo estaba dentro de ellas circulando por mi sangre. Me encontré navegando por mi torrente sanguíneo cómo si nadara en un río ¿Qué maravilla? No sabía qué sentir, era algo tan nuevo, tan extraño. Mi yo dentro de mi cuerpo, recorriendo mi cuerpo a través de mi sangre como siguiendo el curso de un río.
Mientras viajaba por mi circulación escuché una voz desde afuera que repetía una frase. “¿Dónde estará el alma? ¿Dónde encontrarla?” Me di cuenta que eran mis propios pensamientos que venían desde afuera. ¿Cómo podía ser? ¿Yo estaba viajando dentro de mi cuerpo y las ideas me venían desde mi otro yo exterior? Yo estaba presente en mi cuerpo, era puro impulso, puro torrente, pura energía circulando.
Llegando a mi corazón como al centro de un laberinto, volví a escuchar una voz que me advertía.
-¡Estas entrando en tu propio corazón! Estas en estado de esquizofrenia pura, sos un cuerpo separado de tu mente. Estás disociada, estás perdida.
Yo era puro cuerpo que latía y estaba siendo devorada por mi propio corazón. Se intensificaron los sonidos tum/tum, tum/tum. Por momentos fui puro sonido Tum/tum, tum/tum, me volví etérea, sólo energía.
Entonces volví a materializarme. Flotaba en esa habitación, danzaba con la sangre que fluía dentro de mi cuerpo, rozaba las paredes y volvía al centro en círculos hacia arriba y hacia abajo como en espiral, con una sensación de liviandad cuántica pura. Mi cuerpo flotaba en el cosmos, era parte del polvo de estrellas, era luz y movimiento que abrazaba el latir de la vida.
– Somos energía que crea formas momentáneas, las transforma y las vuelve a crear de otra manera. No leas ni escuches pavadas confía en tu percepción.
Una fuerza interior dentro de mi cuerpo me volvió a dar consistencia y sentido.
Pero de pronto todo se oscureció. Me invadió un vacío existencial y me puse a llorar.
No sé cuánto tiempo pasó, pero dejé de alucinar. En un momento abrí los ojos y me invadió un pensamiento muy triste. Me susurraba a mí misma “un día mi vitalidad se apagará, mi corazón se detendrá, ¡Voy a morir! ¿Qué pasará después de mi muerte? ¿Yo no existiré nunca más? Eran pensamientos puramente plutonianos que me atacaban. Plutón es un perseguidor incansable y poderoso, no me suelta, no me deja en paz.
Quise ponerme de pie, pero me dolía todo el cuerpo y el dolor no me dejaba mover. Algo dentro mío hacía que me retorciera, llevé las manos a mi vientre, presentí que estaba envenenada. De pronto unas manos enormes me tomaron de los brazos y me arrastraron hacia afuera de la casa, me empujaron y caí dentro de un pozo de agua fría y podrida. Me hundí en ese líquido putrefacto. Al abrir los ojos bajo el agua vislumbré figuras sepulcrales, algunas que flotaban con largos cabellos que ondulaban en ese líquido asqueroso, entre hojas, podredumbre y basura, otros cuerpos cadavéricos con las órbitas de los ojos vacías se veían incrustados en las paredes del pozo. Nuevamente el miedo a morir se apoderó de mí con certeza: “yo no iba a existir nunca más”. Pero pude manotear y llegar hacia arriba, tomé aire. Me volví a hundir, ya me estaba ahogando cuando alguien me tiró una soga. Me agarré con desesperación de ella y caminando por las paredes del pozo pude llagar al borde. Salí y vomité. Temblaba de frío cuando la mujer anciana me rodeó el cuerpo con una manta. Me llevó hasta donde estaba el fuego, me sacó la ropa mojada y me dio una bata suya para que me ponga.
-Ese hijo mío es un “bobazo”, se puso celoso y te atacó. Ahora lo volví a encerrar para que no te moleste.
El frío y el susto hizo que me diera un ataque de asma, no podía respirar. Me estaba ahogando nuevamente. Otra vez el miedo a morir. Y el mantra plutoniano que insistía “Nada de reencarnación, nada de ir al cielo o al infierno. Despedite de la vida. No vas a existir de ninguna forma». Era un pensamiento totalmente contrario a lo que había experimentado antes. Dos mundos chocaban entre sí, el mundo de arriba vital, luminoso esperanzador y el submundo de las profundidades oscuras.
La mujer sabiamente me hizo oler el humo de unos yuyos que encendió con el fuego y fui recobrando la respiración, me fui calmando poco a poco y volví a sentirme yo misma. Pero ya no daba más. Quería escapar de ahí lo antes posible. Se había hecho de noche. Me levanté, tomé mi ropa y salí de esa casa casi sin despedirme. Miré hacia el cielo y vi la Luna roja en Escorpio, su poderosa intensidad me subyugó, el eclipse ya se estaba completando. Caminé sobre el pasto un rato largo. Estaba muy oscuro. Escuché otros pasos en el silencio de esa noche cerrada. Alguien me seguía. Divisé mi casita y corrí hacia ella. Alguien corrió tras de mí. Logré abrir la puerta, entré y puse la tranca. Desde la ventana reconocí al hijo desquiciado de “la señora sabia” que me miraba como obnubilado. Tapé la ventana con las cortinas, fui hasta la cocina y agarré un cuchillo en una mano y un sartén en la otra. Estaba preparada para el combate, pero el perseguidor no pudo entrar. Gritó como un cerdo y empujó la puerta varias veces, pero se cansó y se fue.
Días después volví a cruzarme con la señora sabia. Me enteré que le llamaban doña Esperanza y que era la curandera de la zona. Ese hijo maléfico que vivía con ella era un chico que había sido abandonado en el bosque. Ella lo recogió casi muerto, lo curó de sus heridas, pero nunca volvió a ser humano de verdad. Con el tiempo se puso malo, celoso, posesivo y empezó a perseguir especialmente a mujeres y niños. Con los hombres no se animaba porque cuando lo veían le arrojaban piedras o le daban palazos. Doña Esperanza lo tenía encerrado en un cuartito, pero el desgraciado había aprendido a escaparse de ahí y ya su protectora no tenía control sobre él.
Por varios meses tuve que estar alerta para no encontrarme con ese maldito inhumano que casi me mata. A veces sentía sus pasos detrás de mí y corría pidiendo ayuda. Otras veces estando en mi casa lo veía por la ventana asechando, esperando que yo saliera para atacarme. Tenía miedo de que me matara.
Un día me enteré por un vecino que el muy torpe quedó inmovilizado en una trampa de animales salvajes y que no pudo salir, el muy plutoniano se fue a los infiernos gritando y dando puñetazos. Sus piernas quedaron enganchadas en los filosos dientes de la trampa. Nadie escucho sus gritos, tal vez porque se podían confundir con los de un animal salvaje, tal vez porque nadie los quiso escuchar, dicen que el viento soplaba muy fuerte esa noche.
Últimamente medito mucho. Recuerdo las cosas terribles que me sucedieron y he sacado una enseñanza de lo ocurrido. Siento que estoy transitando por una apertura de la conciencia.
Divago en infinitas reflexiones. Por ejemplo, pienso “¿será que en algunos pueblos milenarios hacían sacrificios animales y humanos, para que la gente tomara conciencia de la muerte y de que hay que darle valor a la vida, a vivir lo mejor posible mientras podamos? Cómo para ellos no existían los individuos, no había gente que se creyera mejor que otra, eran comunidades de comunes. Fue así que los traidores de esas comunidades que negociaron con los enemigos creyendo que así serían más poderosos que sus hermanos, terminaron muy mal, perdieron su poco poder y sus pueblos quedaron como esclavos de otros pueblos más astutos, violentos, inescrupulosos.
Yo me preguntó: ¿por qué no aprendemos de la historia?
Doña Esperanza me eligió para que aprenda a preparar su brebaje verde, dice que el conocimiento que yo tengo es para que lo comparta como ella lo hizo conmigo, un conocimiento milenario que se trasmite de generación en generación y que no se debe perder.
No sé si estoy preparada para tanta responsabilidad, pero por ahora sigo sus enseñanzas. La visito casi todos los días si el tiempo ayuda y mi salud acompaña.
Sigo intrigada en que pasa en el cuartito cerrado con llave que Doña Esperanza tiene al lado de su casa. A veces se escuchan ruidos ¿Habrá más tipos desquiciados encerrados allí? Lo pienso y lo pienso… lo sospecho, pero no me animo a preguntarle. Todavía Plutón está retrogrado, cuando se ponga directo tal vez me anime.
Ese viernes vi caer a Barbie desde mi ventana. Miré hacia abajo y me impactó la escena, la muñeca se había estrolado sobre el techo del primer piso, toda despatarrada, tatuada en negro, su ropa hecha girones, los pelos desplumados, volví mi mirada hacia arriba y una mano desde la terraza arrojó una rosa roja que cayó junto a la muñeca.
¿Qué está pasando, me pregunté? ¡Es una advertencia! Hay un femicidio cada 23 horas en este país. Me llamo Bárbara, pero mis amigas me dicen Barbi. ¿Esta amenaza es para mí?
No. Imposible. Yo no tengo nada de hegemónica. Soy gordita, morochita, pelo corto y uso anteojos, me gustan las chicas, nada que ver con la estética de las Barbies.
Pero… ¿Alguien querrá hacerme daño?
Desde el viernes ese, no dejo de pensar, pensar y pensar… Hace tiempo que vivo sola en este edificio, conozco poco a los vecinos, soy lo que se dice “antisocial”.
Tampoco me llevo bien con el encargado porque tiene un perfil de servicio de inteligencia rebajado a portero y mira con ojos libidinosos a mis amigas… Ya lo tuve que frenar varias veces porque es de tocar donde no debe… Pero ese tipo es muy básico, me acuchillaría por la espalda sin ningún problema, no andaría montando escenitas.
¿Qué otros enemigos tengo? Ya lo dije soy antisocial ni fu ni fa con la gente.
El viernes de la semana siguiente invité a mi amiga Leonor a mi depto porque sospeché que algo pasaría y pasó. Al atardecer de ese viernes volvió a caer otra Barbie sobre el techo del primer piso, pero esta vez alertada le pedí a mi amiga que subiera a la terraza, yo me asomé y volví a ver la mano arrojando la rosa, mi amiga ya estaría arriba.
Cuando bajó me dijo que vio correr a alguien de negro por el techo y saltar al otro edificio, parecía una mujer, aunque la divisó de lejos, con la ropa suelta flameando al viento, no podía asegurar nada.
Si saltó por los techos tal vez no sea de este edificio, pensé. ¿Una mujer? ¿Qué mujer podría amenazarme? Siempre y cuando la destinataria fuera yo, Bárbara Tonetti.
La repetición del acto me despertaba más interrogantes, ¿era un ritual? ¿De algo por venir o de algo pasado?
Me preparé mejor para el siguiente viernes… invité a tres amigas, son todas las que tengo.
Esperamos el atardecer, dos de ellas, Mecha y Luli, ya estaban escondidas en la terraza. Observaron el despliegue de esta panqui y la filmaron. Yo, desde mi balcón vi su mano y cómo soltó la Barbie, sentí el ruido que retumbó sobre el techo, pero mi mirada seguía atenta a lo que pasaba arriba. En el momento que arrojó la rosa ya estaban mis dos amigas cerrándole el paso.
Subí por el ascensor a la terraza, me temblaban las piernas, temblaba toda. ¿Quién sería esta chica? ¿Su amenaza era hacia mí?
Mis amigas la sostenían de los brazos, pero la panqui daba terribles patadas, ya se estaba por liberar cuando me vio llegar… dijo algo incoherente que no entendimos, escupió, mordió se deshizo de mis amigas y escapó saltando por los techos.
Bajamos a mi depto a ver la filmación. El zoom mostraba una muchacha con la cara toda tatuada y llena de piercings, ropa negra que le cubría todo el cuerpo, cadenas, borcegos.
¿Qué tenía que ver conmigo? Mis amigas decían que tal vez era una lunática, una loquilla que hacía eso para llamar la atención y nada más. No me cerraba… Leonor que se había quedado en el depto fue a tocarle el timbre a la vecina del primero. Me contó que la vecina tenía expuestas las dos Barbies en una repisa y quepronto iban a ser tres…con un escobillón estaba rescatando la tercera víctima, no le preocupaba el sentido del ritual, solo estaba indignada por recibir esos regalitos todos los viernes.
– ¿Algún mensaje en los cuerpos? Pregunté. Ya me sentía parte de una serie de suspenso investigando a las víctimas. Víctimas muñecas, era patético.
– No – respondió Leonor – no eran tatuajes sino más bien manchones, cruces, rasgaduras.
Leonor, la escorpiana del grupo seguía maquinando… alguna conexión debe haber, los locos tienen su propia lógica al actuar, aunque sea un delirio para nosotras… ¿Podría ser alguien de tu familia?
-Leo, vos sabés que soy adoptada, hay muchos datos que se han perdido.
-Más a favor, esta desconocida está relacionada con tu pasado.
Mecha y Luli la miraron fijo y también se quedaron pensativas.
Esa noche soñé que me encontraba en la terraza con la panqui y me decía algo como “animamá”, “animaná”. Al despertar lo anoté en mi cuaderno.
Animaná, me sonaba, lo busqué en Internet. Figura como un pueblo en Salta, en el Norte de Argentina. La llamé a Leonor y le propuse viajar a ese lugar. Leonor aceptó.
Desde que murió mi madre adoptiva me quedé sin familia y nunca quise averiguar sobre mi madre biológica. Sólo sabía que era del norte y que había muerto en el parto y con eso era demasiado para mí. No tenía interés de saber nada más. Carmen, mi madre adoptiva tampoco me estimuló para que investigara sobre mis orígenes. Pero cuando Leonor preguntó por mi familia algo me devolvió la curiosidad.
Viajamos en micro no sé cuántas horas, ya se me habían ido las ganas de saber, pero Leonor se mantenía firme, decidida.
Apenas bajamos del micro Leonor propone:
-Vamos a la Municipalidad, ahí debe haber información…
-¿Información de qué?
-De tu familia de origen.
Leonor siempre me sorprende… Lo de la muni no lo había ni pensado.
Yo estaba totalmente aturdida, recién arribada, deambulando en medio de un pueblito perdido en la montaña. Leonor entró decidida a un edificio colonial y yo detrás de ella. Se dirigió directamente a hablar con una señora que con una sonrisa dibujada intentaba seguir sus razonamientos incomprensibles. Desde su insistencia y probablemente por cansancio la señora le escribe algo en un papel.
-Vamos al Registro Civil – me ordena Leo
-¿No sería bueno desayunar antes?
-Tomaremos algo de camino…
Como el Registro estaba muy cerca no desayunamos. Leo entró con su paso firme, le mostró el papel a la empleada del lugar y ésta le entrega unos libros de registros donde ella buscaba fechas, nombres.
-Aquí hay una Bárbara cerca de la fecha de tu cumpleaños… ¿Me dijiste que tu nombre ya venía cuando te adoptaron?
-Sí, creo que sí…
-La persona que la anotó se llama Rosa Funes… ¿Te suena?
-No, no me suena.
Leo sigue buscando. Le pregunta algo a la empleada. Leo anota.
-Hay una familia Funes cerca de aquí, Vamos.
-¿Te parece? ¿Y si desayunamos primero?
-Tomaremos algo de paso.
Conseguimos un café con galletitas y seguimos camino en busca del lugar.
Leo llamó a la puerta… Una chica muy, pero muy parecida a mí, pero con el pelo largo nos saludó. Yo me quedé impactada, parecíamos mellizas… ¿Éramos mellizas? Leo contuvo su sorpresa y preguntó por Rosa Funes. La chica le responde.
-Sí, es mi abuela, esperen aquí que le digo que la están buscando…
Antes de darse la vuelta, la chica se quedó mirándome unos instantes y me preguntó
-¿Sos de la familia?
-No lo sé…
-Te parecés mucho…
-Sí, ya lo veo…
Entonces aparece una mujer mayor y al verme tambalea, la chica la sostiene del brazo.
-Sabía que esto me iba a pasar – dice la señora sofocada – Pasen, me tengo que sentar…
Pasamos a una cocinita y nos sentamos alrededor de una mesa.
-¿Toman mate? – preguntó la señora mientras chupaba de la bombilla.
-No gracias –contestó Leonor – venimos porque Bárbara tuvo un sueño…
-¡Ah! Te llegó el mensaje.
-¿Usted me envió un mensaje? – pregunté
-Hace tiempo que quería saber de vos.
-¿Quién soy yo para usted?
-Sos mi nieta perdida – dice la señora y se pone a llorar…
-¿Cómo perdida? – pregunté yo
-Cuando mi hija las tuvo a A y B, así las llamaba la enfermera, no las pudimos tener en brazos, esa mujer se las llevó a otra sala para que las revisaran, mi hija estaba muy débil, le falló el corazón y a las pocas horas murió. Cuando la enfermera volvió sólo vino con A, dijo que B también había muerto. Yo no le creí porque a B la vi muy gordita y saludable, pero por más que insistí en volverte a ver, no me dejaron. Había rumores del robo de bebés y yo siempre tuve la esperanza de que estuvieras viva en alguna parte. Por eso te anoté como Bárbara en el registro Civil.
-No me siento bien – dije. Se me nubló la vista, sentí un frio helado en todo el cuerpo, y el corazón me palpitaba con una intensidad descomunal – Creo que me voy a desmayar…
-Venimos viajando muchas horas desde Buenos Aires y no paramos en ningún hospedaje, tal vez sea mejor que nos vayamos y volvamos más tarde – aclaró Leo.
-Yo trabajo en la cocina de una hostería, las puedo llevar – dijo A, o sea Amanda.
Leo me atajó de caerme al piso y entre las dos chicas me fueron sosteniendo hasta la puerta, me di vuelta y vi a la abuela que seguía sentada con su mate en un mano y con la otra se secaba las lágrimas con un pañuelo. La hubiese abrazado, pero no me daban las fuerzas.
En la Hostería nos quedamos en una habitación solas las dos, Leo y yo. Me hundí en una cama, no me podía mover, me dolía todo el cuerpo y Leo seguía con su teoría de que la loca de la terraza había recibido el mensaje y lo había transmitido de una manera poco clara pero que igual me había llegado…
-Pará un poco Leo con tus teorías soy más básica que vos, solo estudié para técnica en computación, no te puedo seguir… Ya bastantes preguntas tengo dándome vueltas…
-¿Qué preguntas?
-Si mi madre adoptiva sabía algo de todo esto… ¿Con quién me crie todos estos años?
¿Por qué nunca quise saber más? ¿Era algo mío o era inducido el que no preguntara? Se me parte la cabeza… ¿Qué vida hubiese tenido? ¿quién sería yo si esto no hubiese pasado?
-Lo importante es que llegamos acá y sabemos algo de lo que te pasó.
-Algo… y lo que me asusta es que habrá más…
-Descansá un rato, yo voy a dar una vuelta.
-No, no te vayas, quédate conmigo.
-Bueno.
Leo se quedó a mi lado, pero yo no podía dormir, todo me daba vueltas, estaba temblando. Entonces me dijo:
-Me parece que sé que es lo que te hace falta, ya vengo…
Al rato aparece con un par de samguches de jamón y dos birras.
-La gente de Tauro necesita materia para procesar lo sutil…
-¡Gracias Leo! – tenía razón, al ver “la materia” como dice ella me empecé a sentir mejor.
-Después de este gustito tenemos que volver a la casa de las Funes, no podemos dejar en banda a esa señora con todo lo que le pasó.
Volvimos a llamar a la puerta y esta vez nos abrió la abuela, mi abuela. Nos dijo que Amanda estaba trabajando en la hostería, que nos sentáramos con ella a tomar unos mates. Ahí en la cocinita yo le pregunté si teníamos más familia.
-Sí, mi hermana está en Cafayate con sus hijos y sus nietos, pero yo me quedé acá por si volvías…
Ahí me levanté y de un salto la abracé fuerte, fue la primera vez que sentí el verdadero calor de madre. Yo sé que me falta mucho por saber, que tengo mucho para procesar, pero como dice Leo por “algo” hay que empezar y si ese “algo” es encontrar una abuela que me hace sentir tan querida y esperada y una hermana melliza por conocer, tendré que agradecerle a la panqui su ritual y su locura.
Son las cinco de la tarde. Es la salida del colegio. Mis compañeras se despiden “Hasta mañana”. Yo no sé si existe un mañana, solo sé que no quiero volver a mi casa. Estoy confundida, perdida en mis pensamientos. Escucho que murmuran detrás de mí pero no sé qué dicen aunque presiento que son cosas feas. Apuro el paso para alejarme de todas. Deambulo por las calles de Ballester sin rumbo fijo. Paso por una casa que a las chicas les da miedo. Me contaron que a veces sale un hombre desnudo de ahí y corre por el barrio, así desnudo… ¿Me pasará a mí eso alguna vez? ¿Correré desnuda sin darme cuenta? Apuro el paso cuando veo la puerta de esa casa, miro para otro lado.
Sigo sin rumbo como perdida en un laberinto de calles, de veredas con árboles verdes, jardines llenos de flores, estamos en primavera. No puedo parar, camino y camino, cruzo una calle doy vuelta por otra como haciendo zigzag.
Eme era mi amiga hasta que le escribí una carta declarándole mi amor… ella, sus padres, las maestras… todos me acusaron. ¡Estás enferma! La dirección llamó a mis padres, quieren que me lleven a una psicóloga. Mis padres dudan, no saben qué hacer conmigo, no entienden qué me pasa. Desde que le di la carta a Eme, ella dejó de hablarme, cada vez que me acerco me mira con terror y sale corriendo. No la entiendo… ¿Qué le pasa? ¿Soy peligrosa? ¿Soy contagiosa?
Yo desde entonces sigo sin rumbo. Ahora voy por una calle tranquila donde no pasan los colectivos. Doblo por una esquina y estoy enfrente de la casa de Eme. ¡Estas cosas me pasan sin darme cuenta ! No sé qué hacer, camino hacia un lado y hacia otro varias veces hasta que, por impulso, por deseo por locura abro la puertita de su casa que separa el enorme jardín de la vereda. Camino por el pasto, miro las plantas tan prolijamente cuidadas y ordenadas, la enredadera que trepa en una de las paredes. Las ventanas están tapadas por gruesos cortinados, como si no hubiera nadie en esa casa. Sigo por el pasillo de uno de los costados que me lleva al jardín del fondo. Es un lugar hermoso lleno de rosales de todo tipo, hay amarillos, blancos, rosados, azulados, rojos.
Me llama la atención un pimpollo muy muy rojo. Es un rojo sangre, intenso, brutal como lo que yo siento por Eme. Estoy temblando ¿de angustia, de dolor? Lo arranco de un zaque y lo escondo en mi pecho. Sé que soy una ladrona, una intrusa, una desquiciada pero no me importa… ¡que los vecinos llamen a la policía! ¡Que alguien me corra con un palo! No me importa nada…
Apreto el pimpollo en mi pecho, me picho con las espinas y lloro ¿de dolor? ¿de lástima por mí misma? Me siento bajo un árbol, me escondo, no quiero que nadie me vea llorar. Prefiero ser una ladrona y que me tengan miedo.
Tomo el pimpollo en mis manos, acaricio sus pétalos, yo soy ese pimpollo. “Pimpollo” porque recién cumplí 11 años, rojo porque hace poco comencé a menstruar, intenso porque no dejo de pensar en Eme, ella está todo el tiempo en mi cabeza y yo estoy todo el tiempo explicándole que no quiero dañarla, que quiero estar cerca de ella, aunque sea sin hablar, sin hacer nada.
Arranqué brutalmente ese pimpollo. Siento que soy tan brutal como todos los que me conocen y me arrancaron de sus vidas, soy un desecho, alguien que no tiene derecho a sentir, a hablar, a acercarse a los demás, una persona peligrosa y muy poca cosa.
Esta mañana cuando me miré en el espejo del baño no me reconocí, me vi horrible, deforme, ojerosa… Es la mirada de todos ellos que es más fuerte que la mía porque antes yo me veía bien… ¿Qué pasó con mis ojos, con mi rostro, con mi cuerpo? Me quiero clavar espinas en los ojos, no me puedo ver así, soy un espanto… pero ¡no! No me conviene seguir esta locura. Me van a llevar al hospital y me van a hacer preguntas que no quiero responder. Me pueden meter en un manicomio como quieren hacer con el señor que corre desnudo por las calles de Ballester. Escucho el ladrido de un perro, ese animal me va a delatar, escondo el pimpollo dentro de mi camisa y salto el tapial del fondo. Entro a la casa de los vecinos y me doy cuenta que estoy en la casa de Antonia. Ella también es una compañera del colegio, pero milagrosamente es una de las pocas que no me tiene miedo. Camino por el pasillo y llego hasta la puerta de entrada, golpeo las manos.
Sale la mamá de Antonia y me pregunta
– ¿Qué hacés por acá? ¿Venís por los deberes? Antonia está tomando la leche. Pasá .
– Sí vengo por los deberes de Castellano- le miento sin culpa.
Entro a la cocina y Antonia y su hermanita me saludan con una sonrisa.
-Tomá la leche con nosotras y después vemos lo de la escuela- dice Antonia
Me siento en la mesa y saboreo el café con leche calentito. Sin que se den cuenta, me agacho y vuelvo a apretar el pimpollo, me pincho la mano con sus espinas, lo escondo bien escondido dentro de mi camisa para que no lo vean, me queda un perfume dulzón de rosa en mi mano que sangra.
Antonia me cuenta como al pasar que Eme viajó a Italia con sus padres porque fueron a visitar a unos familiares…
-Aaaah! – le digo y me quedo dura, como si un frio helado me atravesara, miro por la ventana el cielo del atardecer. Quisiera poder volar para llegar hasta Italia, a dónde ella está y verla, aunque sea de lejos. Ser como esos pajaritos que te miran desde las ramas de los árboles o desde los cables de la luz.
Antonia me mira parece que algo ve en mí y me dice en voz baja
-los padres de Eme a veces charlan con mis padres… A mi papá no le gusta hablar con ellos porque dice que son de derecha y mi papá es socialista. Cuando discuten de política se pelean y mi papá se queda con un enojo que no lo banca nadie.
¿Por qué me cuenta esto? ¿Antonia estará de mi lado? Me da vergüenza decirle lo del pimpollo.
Copio rápido los deberes, las saludo y me voy. Les digo “tengo que tomar el colectivo antes que se haga de noche”, miento nuevamente. Corro para otro lado. Sigo alejándome del colegio, de la casa de Eme, de la casa de Antonia, de mi casa. Sigo sin rumbo.
Veo de lejos la torre de una iglesia. Las monjas nos hacen conocer todo tipo de iglesias y capillas, ésta es una de las Góticas, con una torre muy en punta porque tiene que acercarse lo más posible al cielo o sea a dónde está dios. Camino rápido y llego a la puerta, entro, hay gente rezando el rosario. Me persigno, camino por uno de los laterales y me acerco al Cristo crucificado, el que sangra por todos lados. Lo miro y me da lástima, pienso en lo que habrá sufrido, en todo lo que le hicieron, como todos lo humillaron, hasta que lo clavaron en la cruz.
Y si yo me clavo en la cabeza un montón de espinas de rosas, entonces caería mi sangre por la frente. ¿Les daré lástima y me dejarán de perseguir con que tengo que curarme? ¿De qué me tengo que curar? Si todo el mundo se enamora.
Una de mis manos ya está sangrando como le pasa al Cristo, ¿Tengo que seguir clavándome espinas en el cuerpo para que me quieran como a él? Y por qué la gente quiere a alguien tan maltratado, tan violentado e insultado. A mí me gusta más el Jesús que camina sobre las aguas. O el que ayuda a los pobres, a los enfermos ¿No es mejor verlo bien?
Recorro los cuadritos del vía crucis que me enseñó la hermana Imelda, siempre evité mirarlos porque me daban miedo, pero ahora los puedo ver claramente. Se parecen a una película de terror. Cada vez más sangrienta, más insoportable. El mensaje que nos dan es que hay que pasar por el dolor y la muerte para que nos quieran. ¡Mirá cómo sufrió por nosotros! A la gente le gusta la crueldad, la que sufren los otros por supuesto. Esos deben ser “los de derecha” como dice el papá de Antonia… ¡Claro! Si fue Poncio Pilatos, el que tenía la sarten por el mango, que lo mandó matar a Jesús que amaba a los pobres. Cuando una tiene más clara las cosas, más peligrosa se vuelve.
Voy caminando por los costados donde están los altares de los santos, todos están dañados uno sangra en las rodillas, otro está atravesado por flechas en su pecho, el que más me impresiona es el Sagrado Corazón, su corazón saliendo fuera de su cuerpo enroscado en una corona de espinas perdiendo sangre, prendido fuego. ¿El también se habrá enamorado como yo? Veo su corazón y siento que al mío le pasa lo mismo.
Sigo dando vueltas, siento el olor a incienso y al tufo que desprenden las velas encendidas. Me dan ganas de apagarlas con los dedos. Apago una y me quemo. Veo que estoy llamando la atención de la gente. Me siento en uno de esos largos bancos donde no hay nadie y miro hacia el frente, alguien me está mirando. Es la Virgen María que me sonríe y abre sus brazos como si quisiera abrazarme. ¡Sí virgencita quiero que me abraces, vos me comprendés, vos me querés, vos sabés que amar está bien, que los que amamos somos valientes y podemos bancarnos que no nos quieran. Pero ¡cómo duele mamita!
¿Se puede enloquecer de amor? Mejor cortarse, sangrar, sentir el dolor en el cuerpo, así el alma descansa de sufrir. La sangre tiene ese color tan rojo sangre, ese olor a carne, a churrasco crudo, y ese fluir cuando te cortás. Me gusta chupar mi sangre cuando me lastimo ¿Tendré algo de vampira? Nunca probé la sangre de Eme ¿Qué gusto tendrá? Si sigo así se que voy camino al loquero, pero ellos tienen la culpa, voy a volver a casa en colectivo y entraré por la ventana para que no me vean. ¿Despertaré mañana? Si despierto y me preguntan que hice después de la escuela, no les contaré nada.
Yo nací en dictadura. Tanto mi padre como el marido de mi abuela se tuvieron que exiliar en otro país “porque si no los mataban los militares”, me contó mi abuela cuando yo tenía tres años y pregunté por ellos. Después ella fue hacia un cajón de su mesita de luz y me mostró la última foto familiar antes de que ellos partieran. Yo en esa foto todavía estaba en la panza de mi mamá. Miré la foto y la miré a ella. Entonces agregó “esos fachos de mierda que ahora están en el poder no nos van a dejan en paz”. Me sacó la foto de mi mano y la volvió a guardar en el cajón.
Nosotras tres, mi mamá, mi abuela y yo, nos relacionamos con muy poca gente, una de las razones se puede explicar por la prohibición del gobierno de que la gente se reúna. “No más de tres o cuatro personas” dice el edicto. Pero también sospecho yo, recordando comentarios de mi abuela, que nuestra familia “está marcada”, por haber participado en política. Parece que muchos conocidos se alejaron de nosotras.
La única que nos visita seguido es mi madrina. La quiero mucho a mi madrina. Me encanta charlar con ella. A veces viene a cuidarme cuando mamá y la abuela tienen que salir. Mi madrina me cuenta muchas cosas que mi mamá y mi abuela no me dicen porque creen que me protegen de esa manera, pero me parece que están equivocadas.
Elsa, mi madrina, me relata cosas muy curiosas, cosas que pasaban cuando ella era chica como yo soy ahora.
-Todo era ¡tan distinto! – me dice
Cuando Elsa tenía mis años era la época del primer peronismo ella era muy chiquita pero tiene recuerdos muy divertidos. Una de las historias que más me gusta escuchar es “la de las reuniones familiares”.
Elsa me repite que una de las cosas que más le aburría, era ir de visita con su madre y su padre a la casa de los tíos. Al parecer en aquella época eran muchos los parientes y todos tenían la costumbre de reunirse con frecuencia. Cosa rara ahora, pero en ese entonces llegaban a ser más de veinte o treinta reunidos alrededor de una mesa. Ella dice que las familias tenían casi como una obligación verse seguido. Todas las semanas había que ir a la casa de algún pariente y la actividad central era sentarse a la mesa a comer. Comer tenía el valor de un festejo.
-Después de engullir tanto, quedábamos todos rechonchos – comenta y se toca la panza. Yo me río porque me los imagino todos como chanchitos y chanchotes muy panzones.
Las excusas para reunirse y sentarse a comer eran muchas. Un cumpleaños, un aniversario, las fechas patrias, las religiosas, los bautismos, las comuniones, las confirmaciones, los casamientos, los velorios o cualquier otra cosa que apareciera.
Ella piensa que la causa imperiosa para encontrarse a comer se debía a que todos esos adultos, gente grande, por los años treinta habían pasado “mucha hambruna”. Cuando Elsa llega a este momento del relato, se pone muy seria y pensativa. Luego retoma la palabra y me explica que las causas del hambre, según ella, habían irrumpido por distintos motivos. El más contundente y repetitivo se debía a las crisis económicas, que en un país “dependiente” como la Argentina… y aclara como voz más fuerte y enojada, ¡con esos gobiernos de turno, chupamedias de los ingleses y de los yanquis!, lo primero que hacen es decretar despidos masivos. A muchos de sus tíos, ella los había escuchado quejarse de cómo los habían echado del trabajo de un día para el otro, quedándose sin un mango y por varios años sin poder hacer nada.
Después de tomar mucho vino y muchas confesiones, Elsa me mira como resignada y sigue comentando que se quedaban todos en silencio, se llenaba de tristeza el ambiente, me dice, pero alguno de ellos se animaba y retomaba la charla cambiando de tema.
El hecho de juntarse a comer supone ella, era una manera de expulsar las malas épocas y recordarlas como los peores tiempos pasados. Así se superaba lo peor de lo vivido y se daban el placer de disfrutar de una buena comida y hacer una extensa protesta colectiva. Acto seguido, dice ella, se ponían a contar chistes o a cargarse entre ellos. Aunque no siempre las charlas eran amistosas. Cuando discutían de política, “se pudría todo”, algunos querían agarrarse a trompadas, otros se retiraban a fumar al patio embroncados, otros se iban directamente… las mujeres generalmente indignadas, opinaban que no era para tanto y seguían conversando de sus cosas.
A mí me gusta escuchar los relatos de mi madrina porque me imagino las escenas, los personajes, los lugares, las cosas que se decían… Era casi más divertido que jugar con mis títeres.
Elsa trabaja como maestra en una escuela primaria y cuando viene a visitarnos, con su guardapolvo blanco en la mano, siempre me trae regalos. Generalmente son libros de cuentos, pero también me regala lápices de colores y cuadernos con hojas blancas para dibujar.
Ahora hace un tiempo que no viene… Yo le pregunto a la abuela o a mamá qué le pasa a la madrina… pero ellas ponen cara seria y no me dicen nada o a veces ante mi insistencia afirman que como ella es hija única y soltera, tiene que cuidar a sus padres que ya están grandes y llenos de achaques.
Como yo soy muy curiosa sé “parar la oreja” y escuchar sus conversaciones sin que se den cuentan. Un día escucho decir a mi abuela que los padres de Elsa han muerto, “en menos de tres meses se fueron los dos” comenta.
Al poco tiempo escucho otra frase que me inquieta mucho, la abuela repite y repite “ese tipo es un degenerado, lo único que le interesa es la plata y es capaz de hacer cualquier cosa…”
-¿Quién es “ese tipo”? –me pregunto
En una visita sorpresa del tío Manolo, me doy cuenta que mi abuela lo mira mal, con furia contenida…
-¿Será ese “ese tipo”? – pienso
Hablan fuerte, discuten y el tío Manolo se levanta y se va… Entonces mi madre le comenta a mi abuela
-Vino porque tiene cola de paja, sabe que no nos tragamos sus mentiras.
¡Confirmado! Ese es “el mal tipo de la familia”. Ahora me falta averiguar si ese “mal tipo” tiene algo que ver con la ausencia de mi madrina.
Yo ante ellas hago que estoy con el cuaderno de los deberes o que estoy jugando, pero “sigo parando la oreja” para no perderme nada. Oigo que suena el teléfono y atiende mamá. Ella escucha algo a través del tubo, lo suelta y se pone a llorar, a gritar, a insultar… mi abuela corre a su lado y la abraza, mi madre le dice entrecortada “Rosita está muerta… se suicidó… tomó veneno para las ratas”. Rosita es la tía soltera que vive con su hermana Ester, la mujer del tío Manolo.
Se encierran en la habitación para hablar entre ellas dos, pero yo me quedo escuchando detrás de la puerta. Mi abuela protesta “este tipo es un mal nacido, la persiguió, le llenó la cabeza contra Rufino, hasta que logró que lo dejara”
Rufino es el novio de Rosita… las veces que yo los vi a los dos juntos se los veía muy felices, muy cariñosos.
No entiendo nada, ¿por qué Rosita deja a Rufino si lo quiere? ¿Por qué se mata?
Mi mamá sale de pronto de la habitación secándose las lágrimas con un pañuelo y me dice:
-Tengo que prepararte la leche, ¿Querés pan con manteca?
– ¿Qué pasa mamá?, ¿qué le pasó a la tía Rosita?
-Vos sos muy chiquita, no entendés de estas cosas…
Pero mi mamá se equivoca, yo entiendo. Sé que en la familia hay un “mal tipo”, un degenerado al que solo le interesa la plata y que vive “de arriba” en la casa de Ester y Rosita y que les saca el dinero que ellas ganan trabajando en la fábrica. Eso me lo confesó Rosita una vez mientras viajábamos en el tren yendo a la casa de otra tía. Ahora me falta averiguar qué pasa con mi madrina.
El otro día llega Goyo a nuestra casa también de sorpresa. Goyo es el hijo de Ester y Manolo. Viene a avisarnos que mi madrina, Elsa, está muy enferma y que Manolo la está cuidando, pero como los remedios son muy caros les pregunta a mi mamá y a mi abuela si pueden colaborar con algo de dinero.
Mi abuela da un golpe en la mesa, se pone de pie y toma la palabra.
-De ninguna manera vamos a poner un peso, primero porque no tenemos y segundo… decile al vago de tu padre que trabaje él y se deje de “vivirlas” a las mujeres, que deje de robarles el dinero que ganan con tanto esfuerzo.
-Pero papá trata de trabajar, lo que pasa es que le salen mal los negocios…
-Por eso te manda a trabajar a vos que todavía sos menor de edad y tendrías que estar estudiando en el secundario…
-Pero a mí no me gusta estudiar…
-Eso te lo hizo creer él porque siempre te trató de tonto…
Goyo se pone rojo como un tomate, se levanta y se va sin saludar.
Mi madre y mi abuela se vuelven a encerrar en la habitación y me dejan sola en el Comedor. Esta vez hablan en vos muy baja y no puedo escuchar nada, solo los sollozos de mi mamá y la voz de mi abuela que parece consolarla.
A la tarde llama por teléfono la tía Ester para avisarnos que Elsa, mi madrina, ha muerto y como Manolo la estaba cuidado, Elsa en agradecimiento le ha dejado todas sus propiedades a él.
Mi madre indignada corta la comunicación. Pero al rato hay otro llamado y esta vez atiende mi abuela, entonces Ester le pasa la dirección del lugar dónde van a hacer el velatorio. Yo les digo llorando que no quiero ver a mi madrina muerta que la quiero ver con vida.
Ellas se miran sin saber qué decir… luego mamá me propone que dibuje algo con los lápices de colores que me regaló Elsa, que haga un dibujo en su memoria.
Como siempre se encierran a hablar entre ellas en la habitación.
Yo me quedo en la mesa del comedor y dibujo. A Elsa la hago sonriente, con su pelo ondulado, con su delantal de maestra y sus zapatos marrones, tiene un libro en la mano. Yo me dibujo con los brazos abiertos para recibir el libro, con mis ojos muy grandes, porque quiero ver si es el libro de cuentos que ella me prometió. Uno fácil para que yo lo pueda leer solita.
Mi abuela decide ir al velorio y hablar con Manolo. Le pide que le entregue unos libros que Elsa me iba a dar. Como a él las cosas que no tienen valor monetario no le interesan llega a casa con un paquete de libros. Mi abuela en agradecimiento le regala un pastel. Parece que ese pastel está tan rico que se lo devora el solo y se descompone tanto, tanto, que tienen que internarlo. En el hospital hacen lo que pueden para salvarlo, pero según mi abuela parece que va a quedar tan estropeado que ya no va a joder más a ninguna mujer. Chau, chau, lobo astuto gritamos las tres.
Paulina, mi abuela, murió unas horas antes de que yo naciera pero su espíritu se quedó conmigo. Ella me acompaña desde siempre. Me envía mensajes de distintas maneras. Puede susurrarme un rezo al oído, puede acariciarme la mano mientras duermo, puede aparecer en mis sueños y ahí es cuando la veo, hermosa, erguida, casi transparente.
Mi cuartito de juegos es el lugar que ella habitaba y donde están todas sus cosas todavía. Era su escondite para que no la encontraran los milicos. Sé que se tuvo que esconder mucho tiempo. En su patio me gusta hamacarme por horas, puedo sentirla en el aire, huelo un perfume a flores cuando ella está acerca.
Rápido aprendí a escuchar su llamado, es parecido al canto de un pájaro, casi un lamento y yo corro a contestarle. Dirijo mi voz al cielo, un fuerte aullido ante la inmensidad de lo vertical.
Mi madre se preocupa por mi manera “desconectada” de ser. Primero me lleva al médico y por indicación de él a una psicóloga. Mabel se llama, es alta, muy alta y usa el pelo muy cortito. En las primeras sesiones me pide que dibuje. Mira mis dibujos con cara seria y entonces me pregunta a qué le tengo miedo.
Mis dibujos son parecidos a mis sueños, en ellos visito a los muertos acompañada por mi abuela.
Pero eso es un secreto. No puedo contárselo a nadie. Mis charlas con esos espíritus son sagradas. Mi abuela se enojaría conmigo si lo revelo. Algunos de los muertitos que visitamos son amigos suyos, unos chicos guerrilleros. Siempre es gente muerta desde muy joven, ellos me preguntan por sus seres queridos, por su familia. Yo voy, averiguo y después les cuento.
Justo la noche anterior a mi primera sesión soñé con un tiroteo en un descampado donde moría mucha gente. Entonces dibujé un colectivo y muchos muertos alrededor.
Después hice otro dibujo ya en primer plano de un francotirador entre las ramas de un árbol y una chica con un fusil en la mano que caí y le choreaba sangre del pecho.
La psicóloga dijo que quería hablar con mi mamá y después de verla comenzaron las preguntas y amenazas de mi madre. “Que de dónde sacaste eso” “te voy a quitar el celular” “Las luchas políticas son muy complicadas, no las puede entender una chica sensible como vos, eso te hace mal”, “por qué no tenés amigas, por qué no salís un poco”.
Creo que la que tiene miedo es ella. Yo sólo siento dolor por esos muertos y por mi abuela que a veces llora y me hace llorar.
Mi mamá cree que veo documentales por internet porque no sabe que yo puedo viajar al pasado en sueños de la mano de mi abuela.
Sigo yendo a la psicóloga porque me gusta verla y hacer dibujos en su consultorio. Pero le pedí a Mabel que no le cuente a mi mamá nada de lo que hablamos, ya bastante problema tiene la pobre con ir a trabajar y hacer que lleguemos con las cuentas a fin de mes.
Mabel me dice que no tengo que preocuparme por mi mamá pero yo me preocupo. No quiero que sufra. Ya sufrió bastante cuando murió la abuela y se quedó sola conmigo. Las madres solteras tienen que hacer malabares. Trabajar, cuidar los gastos, cocinar, limpiar… yo tuve suerte porque mi abuela se quedó en espíritu.
El otro día llamó la tía Juli para preguntar cómo estábamos. La tía Juli era muy amiga de mi abuela, creo que eran pareja por cómo se querían. Me dieron ganas de hablar con ella. Le dije a mi mamá que fuéramos a verla. Si bien le sorprendió mi propuesta me parece que le gustó que yo estuviera más sociable. Sigue pensando que soy “autista”, a mí no me lo dice pero yo la escucho cuando habla con sus amigas.
Esa misma noche mi abuela me contó en sueños que Julia fue uno de sus grandes amores, tal cual yo lo presentía. Militaban juntas y se protegían mutuamente. Pasaron por muchos peligros, pero sobrevivieron a la dictadura militar.
Yo tengo distintos tipos de sueños, los que hablo con los muertos y me piden que averigüe cosas y los viajes al pasado donde veo escenas de los sucesos que ocurrieron. Como dice mi abuela Paulina, es para que siga viva la memoria que quieren borrar los inmundos capitalistas.
El encuentro con la tía Juli fue esclarecedor. Nos mostró las fotos que había sacado con Paulina, los libros que leían, la música que escuchaban. Todo fue porque yo se lo pedí. Mamá estaba seria, algo tristona, creo que no le gusta recordar. Justo lo que yo tengo que hacer, guardar en mi memoria, escribirlo, porque lo van a necesitar los que vendrán para no perderse. Somos eslabones en una cadena que viene de muchos siglos y con muchas historias contadas, si un eslabón se pierde, nos perdemos todos. Por eso yo pregunto y escribo.
Lo que escribo es para que lo lean las chamanas que vendrán después de mí. Esto lo dejo guardado aquí hasta que ellas lo encuentren. Como los mensajes que se dejaban dibujados en las cuevas, los jeroglíficos en las piedras de las pirámides y también los diseños en los tejidos de los telares que hacían las antiguas. Yo dejo estos mensajes en la nube. Yo sé que ellas sabrán cómo encontrarlos.
Una pareja crea una escuela de música en un barrio de Buenos Aires, pongamos San Telmo… La escuela va creciendo, muchos inscriptos, muchos días de clase y llega la muestra de su arte a fin de año. Salen a la calle a tocar… el piano con rueditas lo empujan dos compañeros y la pianista va tocando con alguien que empuja la silla con rueditas de la pianista sentadita tocando las teclas, ja ja y ¿no se cae? No se cae… Hay una trompeta que ejecuta un chico muy flaco y alto, cada instrumento tiene su tocador… un bombo con platillo lo toca una gordita muy sexi, un redoblante suena de la mano de une peticite no binarie y así… La banda se expresa en una calle angosta y las paredes retumba el sonido festivo, alegre, provocativo. La gente acompaña bailando, gritando, disfrutando. El director sonríe y mueve su barita con intención rítmica, por momentos cede su puesto a la directora que también toca el saxo. Cuando dirige mueve el saxo para todos lados, hay un vientito muy chiquito que si estas cerca lo podés escuchar. Sí… sale del saxo. El saxo habla desde su viento y el viento sopla y sopla y sopla por las calles de Buenos Aires. Tal vez por eso se llame así, el buen aire que hace música en los vientos, en el piano, en la percusión y en las voces…
Cuando se mezclan los ritmos se mezcla la gente pero dentro de esa gente alguien desentona porque viste totalmente de negro con cadenas y piercings. (¡Apareció la Panqui fugitiva! Que viene de mi otro cuento) La chica no se divierte como los otros…
¡Oh! alguien del grupo de músicos está desafinando… ¡Ah! es la violinista… ¡Qué problema!… ¿Cómo le decimos? Ella no se autopercive desentonada…
La pianista que a su vez es farmacéutica inventó una pastilla para armonizar la zona del cerebro que produce disritmia musical, ¡vamos con estas pastillitas!… Tienen forma de confites, hay que darle una dosis y ver cómo resulta ¿quién la convida?… Yo dice el Flaco o sea el trompetista.
Con un gesto seductor muestras dos pastillas en su mano una roja y otra azul “tomate las dos” le dice a la violinista. Ella lo mira desde abajo porque es muy pequeña y obedece. Toma su violín y lo ejecuta, unos sonidos extraños son captados por la chica de negro que comienza a moverse junto a la violinista y entre las dos serpentean sorprendiendo al público y a los músicos que perciben que una nueva melodía surge en este momento ¡Es el cambio acuariano que estábamos esperando! Piensa la bombista y hace sonar los platillos… Un público joven maravillando sabe escuchar el rapeo sonoro…
OooooHHHH! Mucha gente no reconoce el nuevo arte sonoro…
De repente surge una grieta en la calle, entre los adoquines se abre un bache enorme, una rajadura que toma el largo de la calle, de un lado los que bailan con la panqui de negro del otro los que escuchan sin entender como paralizados…
Un sonido espectral surge desde abajo, son gritos ahogados, tambores difusos, lejanos. Viene del pasado. Un pasado colonial aberrante, sangriento. La grieta va tomando sentido histórico.
¡Son los ancestros que nos están mensajeando¡ Grita una morocha afro. ¡Bailemos con ellos¡ Grita otro muchacho conmocionado.
El sonido desde abajo de la grieta va creciendo, hay gente que huye de ahí, tienen miedo. Es el pasado que en enroscado en su cinta de moebius reaparece.
Ahora es la violinista quien dirige la banda musical, los tonos son más agudos y más graves, el ritmo se acelera y el impacto emocional es de una intensidad conmovedora.
Presente, Pasado y Futuro confluyen en una sinfonía instrumental y corporal. Bailar la vida en todas sus dimensiones.