A la hermana Francisca y a mi amiga María Rosa dedico este cuento con todo mi cariño
Recuerdo el día que despues de dar mi opinión política en su clase, el profesor Costa de Educación Cívica me denunció a la directora del colegio como «una alumna con ideas peligrosas” Fui citada inmediatamente. Lo que son que las vueltas del destino, la hermana Francisca me recibió en la dirección con una sonrisa.
¡Qué extraños momentos he pasado en ese colegio! Ya había estado en esa direción un par de años antes cuando la hermana San Román era la directora. Esa cruel persona fue la que me dejó castigada y encerrada bajo llave y a oscuras en ese mismo lugar por horas. Recuerdo aquella tarde con espanto. La maligna tardó tanto en aparecer que sentí que me había arrojado hacia un pozo profundo y oscuro para siempre. Cuando entró San Román y prendió la luz reconocí la sorpresa en su rostro. Un rostro cuadrado, tenso y bigotudo que me producía pesadillas. La muy turra se había olvidado de mí. Cuando se dió cuenta de su error, hizo que me arrodillara, le besara el anillo y me dió el permiso de salida. Era tardísimo, el colegio y el barrio eran un desierto oscuro y sin gente.
El destino tiene revanchas, dos años después yo estaba en esa misma dirección conversando amablemente con otra directora, la Francisca. Nuestra charla rondaba sobre temas sociales y políticos. Fue tan larga y profunda la conversación que era imprescindible quedar para seguir debatiendo otro día.
Para mí hablar de política era lo mismo que tomar la leche con pan y manteca. En mi casa se hablaba de política hasta en la sopa. Cuando venían mis tíos para las fiestas completábamos el panorama político porque ellos participaban en distintos partidos. Si bien todos tomaban posición en defensa de los trabajadores cada uno tenía una idea distinta de cómo resolver las injusticias. A mí me gustaba escucharlos. Papá generanmente comenzaba la charla, entonces mi tío Luis, el socialista, lo cargaba y eso a mí no me gustaba. Mi papá era fiel a sus ideas y las defendía con pasión, también estaba mi tío Raúl, el comunista, que criticaba todo lo que los otros decían.
Mis conversaciones con Francisca replicaban lo que yo había aprendido en mi casa. Un día Francisca me preguntó si me interesa participar de algunas reuniones a las que ella asistía. Por supuesto que le dije que sí.
Y así cita tras cita fui conociendo distintos grupos revolucionarios que clandestinamente se reunían en iglesias, colegios y villas miseria. Yo siempre siguiendo las invitaciones de la monja. En esas reuniones me encontraba con curas obreros, religiosas que vivían en las villas con los pobres, estudiantes universitarios. Yo era la única menor hasta que la invité a mi compañera María Rosa a que se uniera a las reuniones.
Nos encontrábamos con María Rosa al atardecer en la puerta del colegio. Era necesario que no nos viera nadie. La hermana Asunción estacionaba la estanciera en una esquina y ellas dos, Francisca y Asunción, salían sin hacer ruido por una puertita lateral. Nosotras las estábamos esperando en la vereda y cuando iban hacia la camioneta, Mara y yo nos subíamos rápidamente y nos escondíamos en el asiento de atrás para que no nos vean por las ventanillas.
Eran épocas de jugadas creativas, de pasiones desmedidas, de ideales justicieros, épocas de sueños compartidos y de mucha violencia que había que soportar por los autoritarismos represivos. En el poder estaban los militares con sus acostumbrados golpes de Estado. Nosotros teníamos claro quiénes eran los malos y luchábamos contra sus privilegios.
Todo era intenso y fascinante para mí en esos encuentros hasta que sucedió lo más increíble. En una capilla de zona sur mientras veíamos una película en la que Perón y Evita viajando en tren saludaban por la ventanilla a la gente amontonada en las estaciones, se dio el milagro. Evita se paró, bajó del tren, salió de la pantalla y en su presencia tridimensional entro en la sala y nos habló a nosotros, los que estábamos ahí clandestinamente reunidos.
¡Qué hermosa mujer! pensé yo mientras la escuchaba. Ella nos pidió que siguieramos luchando por sus queridos descamisados , nos dijo que Perón iba a volver a la Argentina y que volveríamos a ser felices.
¡Increíble! Así como vino se fue. Entro de nuevo en la pantalla y se subió al tren para seguir saludando. Todos nos quedamos tan impactados que nos pusimos a cantar la Marcha Peronista. Nos abrazamos muy fuerte y nos fuimos sin hacer el menor ruido. Al subir a la estanciera las hermanas nos dijeron que no comentáramos nada de lo ocurrido porque nos iban a tomar por locas. Yo por supuesto les hice caso a las monjas y recién hoy después de 50 y pico de años me animo a contar lo sucedido. Aclaro que no estoy loca y que los milagros existen. Hay testigos de mi relato que lo pueden confirmar.