Cuento 8: La hermana Francisca

A la hermana Francisca y a mi amiga María Rosa dedico este cuento con todo mi cariño

Conocí a la verdadera hermana Francisca el día que el profesor Costa de Educación Cívica de tercer año me denunció como “peligrosa” a la Directora del Secundario después de dar mi opinión política en su clase. Fui citada a la dirección inmediatamente. Yo conocía a la directora del secundario pero no a la hermana Francisca que por las vueltas del destino eran la misma persona. Temiendo ser suspendida por la directora tuve la grata sorpresa de encontrarme con la sonrisa afectuosa de la hermana Francisca.

¡Qué extraños momentos! Ya había pasado por ese mismo lugar un par de años antes cuando era Directora la hermana San Román. Esa cruel persona fue la que me dejó castigada y encerrada bajo llave y a oscuras por varias horas sin que yo no hiciera nada reprochable. Esa tarde tardó tanto en aparecer que me sentí arrojada hacia un pozo profundo y oscuro. Creí con seguridad que el mundo se había olvidado de mí. Cuando entró San Román y prendió la luz reconocí la sorpresa en su rostro. Un rostro cuadrado, tenso y bigotudo que me producía pesadillas. Enseguida hizo que me arrodillara, le besara el anillo y que me fuera a mi casa. A esa hora de la tarde el colegio era un desierto sin gente.

El destino tiene revanchas, dos años después yo estaba en esa misma dirección conversando amablemente con otra directora, la hermana Francisca. Nuestra charla rondaba sobre temas sociales y cuestiones políticas. Era la época de Cristianismo y Revolución y nos orientamos especialmente a hablar de revoluciones. Fue tan larga y profunda la conversación que era imprescindible quedar para seguir debatiendo otro día.

Para mí hablar de política era lo mismo que tomar la leche con pan y manteca. En mi casa se hablaba de política hasta en la sopa. Cuando venían mis tíos para las fiestas completábamos el panorama político porque ellos participaban en distintos partidos. Si bien todos tomaban posición en defensa de los trabajadores cada uno tenía una idea distinta de cómo resolver las injusticias. A mí me gustaba escucharlos. Papá comenzaba su relato y siempre terminaba apasionado, entonces mi tío Luis, el socialista, lo cargaba y eso a mí no me gustaba. Mi papá era fiel a sus ideas y las defendía. ´

Mis conversaciones con Francisca replicaban lo que yo había aprendido en mi casa. Un día Francisca me pregunta si me interesa participar de algunas reuniones a las que ella asistía. Por supuesto que le dije que sí.

Y así cita tras cita fui conociendo distintos grupos revolucionarios que clandestinamente se reunían en iglesias, colegios y villas miseria. Yo siempre siguiendo las invitaciones de la monja. En esas reuniones me encontraba con curas obreros, religiosas que vivían en las villas con los pobres, estudiantes universitarios. Yo era la única menor hasta que la invité a mi compañera María Rosa a que se uniera a las reuniones.

Nos encontrábamos con María Rosa al atardecer en la puerta del colegio. Era necesario que no nos viera nadie. La hermana Asunción estacionaba la estanciera en una esquina y ellas dos, Francisca y Asunción, salían sin hacer ruido por una puertita lateral. Nosotras las estábamos esperando en la vereda y cuando iban hacia la camioneta, nosotras nos subíamos rápidamente y nos escondíamos en el asiento de atrás para que no nos vean por las ventanillas.

Eran épocas de jugadas creativas, de pasiones desmedidas, de ideales justicieros, épocas de sueños compartidos y de mucha violencia soportada por los autoritarismos represivos. En el poder estaban los militares con sus acostumbrados golpes de Estado. Nosotros teníamos claro quiénes eran los malos y luchábamos contra sus privilegios.

Todo era increíblemente extraño y fascinante para mí en esos encuentros hasta que sucedió lo más increíble. En una capilla de zona sur mientras veíamos una película tipo noticiero de Perón y Evita viajando en tren por las provincias, se dio el milagro. Evita bajó del tren, salió de la pantalla y nos habló a nosotros, los que estábamos ahí clandestinamente reunidos.

¡Qué hermosa mujer! pensé yo mientras la escuchaba. Ella nos agradecía la valentía que teníamos de jugarnos por los más necesitados, por sus queridos descamisados. Y nos pedía que defendiéramos a Perón de todas las infamias que se decían de él. Que Perón iba a volver a la Argentina gracias a nuestra lucha y que volveríamos a ser felices.

¡Increíble! Así como vino se fue. Entro de nuevo en la pantalla y se subió al tren. Todos nos quedamos tan impactados que nos pusimos a cantar la Marcha Peronista y después algunos salmos y después seguimos cantando un rato largo. Nos abrazamos muy fuerte y nos fuimos sin hacer el menor ruido. Al subir a la estanciera las hermanas nos dijeron que no comentáramos nada de lo ocurrido porque nos iban a tomar por locas. Yo por supuesto les hice caso a las monjas y recién hoy después de 60 años me animo a contar lo sucedido. Aclaro que no estoy loca y que los milagros existen. Hay testigos de mi relato que lo pueden confirmar.

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Autor: Ana Rubiolo

Mi nombre es Ana Rubiolo, soy fan de la Astrología y el TAROT. Escribo mis sueños y sus imágenes son una fuente de inspiración para mis cuentos. La ficción, los sueños y las experiencias vividas van rondando en mi escritura.

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