Mi viaje interior
Por Ana Rubiolo
Soy de las personas que cree en la Astrología, me gusta pensar que hay un orden en el Cosmos y que formamos parte de esa danza astral y milenaria. Las sincronicidades nos guían. Por ejemplo, cuando pasó Saturno por la casa de Virgo (que es la casa de la Salud) en mi carta natal, me enfermé de los bronquios. Y mi vida cambió por completo. Tuve que dejar la ciudad portuaria donde vivía para establecerme a una zona de clima seco y montañoso. Así fue que me mudé a una casita en el campo. Los primeros meses me sentí un poco perdida. Me decían que ese cambio iba a ser bueno para mi salud. Pero no tuvieron en cuenta que transitaba Plutón en Capricornio sobre mi sol. Algo terrible me podía pasar.
Al principio los vecinos me miraban raro ¿Con curiosidad?, ¿Con desconfianza?
No había muchas casas por la zona, estaban desperdigadas entre el monte, la zona del arroyo y una montaña no muy alta que se ve desde mi ventana.
En invierno el clima no ayuda para salir de casa, hace mucho frío, el viento arrasa. Pero recuerdo que aquel día me sentí abrumada por estar encerrada entre esas cuatro paredes, así que me emponché y resolví salir, dar unas vueltas. Mientras caminaba mi preocupación rondaba en que esa noche iba a haber un eclipse de Luna, según mis cálculos se haría en el signo de Escorpio y era uno de los eclipses más tenidos por los astrólogos.

De a poco fui reconociendo los caminos y senderos que me llevaron al bosquecito. Nunca antes había pasado por ahí. Entre sus árboles frondosos sobresalía un humo gris verdoso que me llamó la atención. Me acerqué un poco más y divisé un ranchito. Llegué hasta la puerta y golpeé las manos. Nadie contestó.
La puerta estaba abierta y entré. Era una casa típica de la zona, con base de piedra, paredes de adobe y techo de paja. En una misma habitación había una cocina a leña. Me acerqué al fuego para calentarme. En una olla burbujeante se cocinaba algo extraño gelatinoso. Pensé “parece que alguien hace brebajes”. Muchos yuyos colgaban de unos hilos y una variedad de cacharros de barro de distintos tamaños descansaban sobre los estantes. Algo que brillaba me llamó la atención. Era un frasco de vidrio con un líquido verde fluorescente. Estaba abierto. Lo olí y me mareó. Imaginé que era una infusión poderosa y me dieron ganas de probarla ¿Y si la tomaba y perdía la razón? Pero Neptuno en aspecto tenso con mi Sol siempre se impone.
Alguien se acercó por detrás mío, me di vuelta, era una mujer anciana que me miró con ojos penetrantes y habló.
-Bébelo, te estaba esperando.
– ¿Usted a mí?
-No, el brebaje.
– ¿Me conoce?
– Te he soñado.
Su manera de hablar me dio confianza, sentí que no estaba ante una extraña. Pensé “el destino sabe… que Neptuno me guíe”. Agarré el frasco y bebí unos sorbos. El líquido era espeso y tenía un sabor amargo, pero pasable.
De pronto todo me dio vueltas. Apoyé los brazos en la mesa para no caerme. Me senté en un banco. Me dije a mí misma ¡tonta, tonta! ¿qué hiciste? Pero mientas me reprochaba algo se transformaba en mí. Comencé a ver las cosas de otra manera. Mágicamente se agudizó mi percepción.
Fue una experiencia increíble, nunca me había pasado algo así. Las formas de las cosas aparecían en sus detalles, en fragmentos minúsculos pero visibles, como si todo estuviera formado por ladrillitos que se unían. Todo latía a un ritmo y con una armonía musical. Todo estaba conectado con todo. Los colores eran más brillantes y cambiaban de tono y se movían en círculos.
Miré mis manos, mis venas y de pronto yo estaba dentro de ellas circulando por mi sangre. Me encontré navegando por mi torrente sanguíneo cómo si nadara en un río ¿Qué maravilla? No sabía qué sentir, era algo tan nuevo, tan extraño. Mi yo dentro de mi cuerpo, recorriendo mi cuerpo a través de mi sangre como siguiendo el curso de un río.
Mientras viajaba por mi circulación escuché una voz desde afuera que repetía una frase. “¿Dónde estará el alma? ¿Dónde encontrarla?” Me di cuenta que eran mis propios pensamientos que venían desde afuera. ¿Cómo podía ser? ¿Yo estaba viajando dentro de mi cuerpo y las ideas me venían desde mi otro yo exterior? Yo estaba presente en mi cuerpo, era puro impulso, puro torrente, pura energía circulando.
Llegando a mi corazón como al centro de un laberinto, volví a escuchar una voz que me advertía.
-¡Estas entrando en tu propio corazón! Estas en estado de esquizofrenia pura, sos un cuerpo separado de tu mente. Estás disociada, estás perdida.
Yo era puro cuerpo que latía y estaba siendo devorada por mi propio corazón. Se intensificaron los sonidos tum/tum, tum/tum. Por momentos fui puro sonido Tum/tum, tum/tum, me volví etérea, sólo energía.
Entonces volví a materializarme. Flotaba en esa habitación, danzaba con la sangre que fluía dentro de mi cuerpo, rozaba las paredes y volvía al centro en círculos hacia arriba y hacia abajo como en espiral, con una sensación de liviandad cuántica pura. Mi cuerpo flotaba en el cosmos, era parte del polvo de estrellas, era luz y movimiento que abrazaba el latir de la vida.
– Somos energía que crea formas momentáneas, las transforma y las vuelve a crear de otra manera. No leas ni escuches pavadas confía en tu percepción.
Una fuerza interior dentro de mi cuerpo me volvió a dar consistencia y sentido.
Pero de pronto todo se oscureció. Me invadió un vacío existencial y me puse a llorar.
No sé cuánto tiempo pasó, pero dejé de alucinar. En un momento abrí los ojos y me invadió un pensamiento muy triste. Me susurraba a mí misma “un día mi vitalidad se apagará, mi corazón se detendrá, ¡Voy a morir! ¿Qué pasará después de mi muerte? ¿Yo no existiré nunca más? Eran pensamientos puramente plutonianos que me atacaban. Plutón es un perseguidor incansable y poderoso, no me suelta, no me deja en paz.
Quise ponerme de pie, pero me dolía todo el cuerpo y el dolor no me dejaba mover. Algo dentro mío hacía que me retorciera, llevé las manos a mi vientre, presentí que estaba envenenada. De pronto unas manos enormes me tomaron de los brazos y me arrastraron hacia afuera de la casa, me empujaron y caí dentro de un pozo de agua fría y podrida. Me hundí en ese líquido putrefacto. Al abrir los ojos bajo el agua vislumbré figuras sepulcrales, algunas que flotaban con largos cabellos que ondulaban en ese líquido asqueroso, entre hojas, podredumbre y basura, otros cuerpos cadavéricos con las órbitas de los ojos vacías se veían incrustados en las paredes del pozo. Nuevamente el miedo a morir se apoderó de mí con certeza: “yo no iba a existir nunca más”. Pero pude manotear y llegar hacia arriba, tomé aire. Me volví a hundir, ya me estaba ahogando cuando alguien me tiró una soga. Me agarré con desesperación de ella y caminando por las paredes del pozo pude llagar al borde. Salí y vomité. Temblaba de frío cuando la mujer anciana me rodeó el cuerpo con una manta. Me llevó hasta donde estaba el fuego, me sacó la ropa mojada y me dio una bata suya para que me ponga.
-Ese hijo mío es un “bobazo”, se puso celoso y te atacó. Ahora lo volví a encerrar para que no te moleste.
El frío y el susto hizo que me diera un ataque de asma, no podía respirar. Me estaba ahogando nuevamente. Otra vez el miedo a morir. Y el mantra plutoniano que insistía “Nada de reencarnación, nada de ir al cielo o al infierno. Despedite de la vida. No vas a existir de ninguna forma». Era un pensamiento totalmente contrario a lo que había experimentado antes. Dos mundos chocaban entre sí, el mundo de arriba vital, luminoso esperanzador y el submundo de las profundidades oscuras.

La mujer sabiamente me hizo oler el humo de unos yuyos que encendió con el fuego y fui recobrando la respiración, me fui calmando poco a poco y volví a sentirme yo misma. Pero ya no daba más. Quería escapar de ahí lo antes posible. Se había hecho de noche. Me levanté, tomé mi ropa y salí de esa casa casi sin despedirme. Miré hacia el cielo y vi la Luna roja en Escorpio, su poderosa intensidad me subyugó, el eclipse ya se estaba completando. Caminé sobre el pasto un rato largo. Estaba muy oscuro. Escuché otros pasos en el silencio de esa noche cerrada. Alguien me seguía. Divisé mi casita y corrí hacia ella. Alguien corrió tras de mí. Logré abrir la puerta, entré y puse la tranca. Desde la ventana reconocí al hijo desquiciado de “la señora sabia” que me miraba como obnubilado. Tapé la ventana con las cortinas, fui hasta la cocina y agarré un cuchillo en una mano y un sartén en la otra. Estaba preparada para el combate, pero el perseguidor no pudo entrar. Gritó como un cerdo y empujó la puerta varias veces, pero se cansó y se fue.
Días después volví a cruzarme con la señora sabia. Me enteré que le llamaban doña Esperanza y que era la curandera de la zona. Ese hijo maléfico que vivía con ella era un chico que había sido abandonado en el bosque. Ella lo recogió casi muerto, lo curó de sus heridas, pero nunca volvió a ser humano de verdad. Con el tiempo se puso malo, celoso, posesivo y empezó a perseguir especialmente a mujeres y niños. Con los hombres no se animaba porque cuando lo veían le arrojaban piedras o le daban palazos. Doña Esperanza lo tenía encerrado en un cuartito, pero el desgraciado había aprendido a escaparse de ahí y ya su protectora no tenía control sobre él.
Por varios meses tuve que estar alerta para no encontrarme con ese maldito inhumano que casi me mata. A veces sentía sus pasos detrás de mí y corría pidiendo ayuda. Otras veces estando en mi casa lo veía por la ventana asechando, esperando que yo saliera para atacarme. Tenía miedo de que me matara.
Un día me enteré por un vecino que el muy torpe quedó inmovilizado en una trampa de animales salvajes y que no pudo salir, el muy plutoniano se fue a los infiernos gritando y dando puñetazos. Sus piernas quedaron enganchadas en los filosos dientes de la trampa. Nadie escucho sus gritos, tal vez porque se podían confundir con los de un animal salvaje, tal vez porque nadie los quiso escuchar, dicen que el viento soplaba muy fuerte esa noche.
Últimamente medito mucho. Recuerdo las cosas terribles que me sucedieron y he sacado una enseñanza de lo ocurrido. Siento que estoy transitando por una apertura de la conciencia.
Divago en infinitas reflexiones. Por ejemplo, pienso “¿será que en algunos pueblos milenarios hacían sacrificios animales y humanos, para que la gente tomara conciencia de la muerte y de que hay que darle valor a la vida, a vivir lo mejor posible mientras podamos? Cómo para ellos no existían los individuos, no había gente que se creyera mejor que otra, eran comunidades de comunes. Fue así que los traidores de esas comunidades que negociaron con los enemigos creyendo que así serían más poderosos que sus hermanos, terminaron muy mal, perdieron su poco poder y sus pueblos quedaron como esclavos de otros pueblos más astutos, violentos, inescrupulosos.
Yo me preguntó: ¿por qué no aprendemos de la historia?
Doña Esperanza me eligió para que aprenda a preparar su brebaje verde, dice que el conocimiento que yo tengo es para que lo comparta como ella lo hizo conmigo, un conocimiento milenario que se trasmite de generación en generación y que no se debe perder.
No sé si estoy preparada para tanta responsabilidad, pero por ahora sigo sus enseñanzas. La visito casi todos los días si el tiempo ayuda y mi salud acompaña.
Sigo intrigada en que pasa en el cuartito cerrado con llave que Doña Esperanza tiene al lado de su casa. A veces se escuchan ruidos ¿Habrá más tipos desquiciados encerrados allí? Lo pienso y lo pienso… lo sospecho, pero no me animo a preguntarle. Todavía Plutón está retrogrado, cuando se ponga directo tal vez me anime.
