Cuento 5

Son las cinco de la Tarde

Por Ana Rubiolo

Son las cinco de la tarde. Es la salida del colegio. Mis compañeras se despiden “Hasta mañana”. Yo no sé si existe un mañana, solo sé que no quiero volver a mi casa. Estoy confundida, perdida en mis pensamientos. Escucho que murmuran detrás de mí pero no sé qué dicen aunque presiento que son cosas feas. Apuro el paso para alejarme de todas. Deambulo por las calles de Ballester sin rumbo fijo. Paso por una casa que a las chicas les da miedo. Me contaron que a veces sale un hombre desnudo de ahí y corre por el barrio, así desnudo… ¿Me pasará a mí eso alguna vez? ¿Correré desnuda sin darme cuenta? Apuro el paso cuando veo la puerta de esa casa, miro para otro lado.

Sigo sin rumbo como perdida en un laberinto de calles, de veredas con árboles verdes, jardines llenos de flores, estamos en primavera. No puedo parar, camino y camino, cruzo una calle doy vuelta por otra como haciendo zigzag.

Eme era mi amiga hasta que le escribí una carta declarándole mi amor… ella, sus padres, las maestras… todos me acusaron. ¡Estás enferma! La dirección llamó a mis padres, quieren que me lleven a una psicóloga. Mis padres dudan, no saben qué hacer conmigo, no entienden qué me pasa. Desde que le di la carta a Eme, ella dejó de hablarme, cada vez que me acerco me mira con terror y sale corriendo. No la entiendo… ¿Qué le pasa? ¿Soy peligrosa? ¿Soy contagiosa?

Yo desde entonces sigo sin rumbo. Ahora voy por una calle tranquila donde no pasan los colectivos. Doblo por una esquina y estoy enfrente de la casa de Eme. ¡Estas cosas me pasan sin darme cuenta ! No sé qué hacer, camino hacia un lado y hacia otro varias veces hasta que, por impulso, por deseo por locura abro la puertita de su casa que separa el enorme jardín de la vereda. Camino por el pasto, miro las plantas tan prolijamente cuidadas y ordenadas, la enredadera que trepa en una de las paredes. Las ventanas están tapadas por gruesos cortinados, como si no hubiera nadie en esa casa. Sigo por el pasillo de uno de los costados que me lleva al jardín del fondo. Es un lugar hermoso lleno de rosales de todo tipo, hay amarillos, blancos, rosados, azulados, rojos.

Me llama la atención un pimpollo muy muy rojo. Es un rojo sangre, intenso, brutal como lo que yo siento por Eme. Estoy temblando ¿de angustia, de dolor? Lo arranco de un zaque y lo escondo en mi pecho. Sé que soy una ladrona, una intrusa, una desquiciada pero no me importa… ¡que los vecinos llamen a la policía! ¡Que alguien me corra con un palo! No me importa nada…

Apreto el pimpollo en mi pecho, me picho con las espinas y lloro ¿de dolor? ¿de lástima por mí misma? Me siento bajo un árbol, me escondo, no quiero que nadie me vea llorar. Prefiero ser una ladrona y que me tengan miedo.

Tomo el pimpollo en mis manos, acaricio sus pétalos, yo soy ese pimpollo. “Pimpollo” porque recién cumplí 11 años, rojo porque hace poco comencé a menstruar, intenso porque no dejo de pensar en Eme, ella está todo el tiempo en mi cabeza y yo estoy todo el tiempo explicándole que no quiero dañarla, que quiero estar cerca de ella, aunque sea sin hablar, sin hacer nada.

Arranqué brutalmente ese pimpollo. Siento que soy tan brutal como todos los que me conocen y me arrancaron de sus vidas, soy un desecho, alguien que no tiene derecho a sentir, a hablar, a acercarse a los demás, una persona peligrosa y muy poca cosa.

Esta mañana cuando me miré en el espejo del baño no me reconocí, me vi horrible, deforme, ojerosa… Es la mirada de todos ellos que es más fuerte que la mía porque antes yo me veía bien… ¿Qué pasó con mis ojos, con mi rostro, con mi cuerpo? Me quiero clavar espinas en los ojos, no me puedo ver así, soy un espanto… pero ¡no! No me conviene seguir esta locura. Me van a llevar al hospital y me van a hacer preguntas que no quiero responder. Me pueden meter en un manicomio como quieren hacer con el señor que corre desnudo por las calles de Ballester. Escucho el ladrido de un perro, ese animal me va a delatar, escondo el pimpollo dentro de mi camisa y salto el tapial del fondo. Entro a la casa de los vecinos y me doy cuenta que estoy en la casa de Antonia. Ella también es una compañera del colegio, pero milagrosamente es una de las pocas que no me tiene miedo. Camino por el pasillo y llego hasta la puerta de entrada, golpeo las manos.

Sale la mamá de Antonia y me pregunta

– ¿Qué hacés por acá? ¿Venís por los deberes? Antonia está tomando la leche. Pasá .

– Sí vengo por los deberes de Castellano- le miento sin culpa.

Entro a la cocina y Antonia y su hermanita me saludan con una sonrisa.

-Tomá la leche con nosotras y después vemos lo de la escuela- dice Antonia

Me siento en la mesa y saboreo el café con leche calentito. Sin que se den cuenta, me agacho y vuelvo a apretar el pimpollo, me pincho la mano con sus espinas, lo escondo bien escondido dentro de mi camisa para que no lo vean, me queda un perfume dulzón de rosa en mi mano que sangra.

Antonia me cuenta como al pasar que Eme viajó a Italia con sus padres porque fueron a visitar a unos familiares…

-Aaaah! – le digo y me quedo dura, como si un frio helado me atravesara, miro por la ventana el cielo del atardecer. Quisiera poder volar para llegar hasta Italia, a dónde ella está y verla, aunque sea de lejos. Ser como esos pajaritos que te miran desde las ramas de los árboles o desde los cables de la luz.

Antonia me mira parece que algo ve en mí y me dice en voz baja

-los padres de Eme a veces charlan con mis padres… A mi papá no le gusta hablar con ellos porque dice que son de derecha y mi papá es socialista. Cuando discuten de política se pelean y mi papá se queda con un enojo que no lo banca nadie.

¿Por qué me cuenta esto? ¿Antonia estará de mi lado? Me da vergüenza decirle lo del pimpollo.

Copio rápido los deberes, las saludo y me voy. Les digo “tengo que tomar el colectivo antes que se haga de noche”, miento nuevamente. Corro para otro lado. Sigo alejándome del colegio, de la casa de Eme, de la casa de Antonia, de mi casa. Sigo sin rumbo.

Veo de lejos la torre de una iglesia. Las monjas nos hacen conocer todo tipo de iglesias y capillas, ésta es una de las Góticas, con una torre muy en punta porque tiene que acercarse lo más posible al cielo o sea a dónde está dios. Camino rápido y llego a la puerta, entro, hay gente rezando el rosario. Me persigno, camino por uno de los laterales y me acerco al Cristo crucificado, el que sangra por todos lados. Lo miro y me da lástima, pienso en lo que habrá sufrido, en todo lo que le hicieron, como todos lo humillaron, hasta que lo clavaron en la cruz.

Y si yo me clavo en la cabeza un montón de espinas de rosas, entonces caería mi sangre por la frente. ¿Les daré lástima y me dejarán de perseguir con que tengo que curarme? ¿De qué me tengo que curar? Si todo el mundo se enamora.

Una de mis manos ya está sangrando como le pasa al Cristo, ¿Tengo que seguir clavándome espinas en el cuerpo para que me quieran como a él? Y por qué la gente quiere a alguien tan maltratado, tan violentado e insultado. A mí me gusta más el Jesús que camina sobre las aguas. O el que ayuda a los pobres, a los enfermos ¿No es mejor verlo bien?

Recorro los cuadritos del vía crucis que me enseñó la hermana Imelda, siempre evité mirarlos porque me daban miedo, pero ahora los puedo ver claramente. Se parecen a una película de terror. Cada vez más sangrienta, más insoportable. El mensaje que nos dan es que hay que pasar por el dolor y la muerte para que nos quieran. ¡Mirá cómo sufrió por nosotros! A la gente le gusta la crueldad, la que sufren los otros por supuesto. Esos deben ser “los de derecha” como dice el papá de Antonia… ¡Claro! Si fue Poncio Pilatos, el que tenía la sarten por el mango, que lo mandó matar a Jesús que amaba a los pobres. Cuando una tiene más clara las cosas, más peligrosa se vuelve.

Voy caminando por los costados donde están los altares de los santos, todos están dañados uno sangra en las rodillas, otro está atravesado por flechas en su pecho, el que más me impresiona es el Sagrado Corazón, su corazón saliendo fuera de su cuerpo enroscado en una corona de espinas perdiendo sangre, prendido fuego. ¿El también se habrá enamorado como yo? Veo su corazón y siento que al mío le pasa lo mismo.

Sigo dando vueltas, siento el olor a incienso y al tufo que desprenden las velas encendidas. Me dan ganas de apagarlas con los dedos. Apago una y me quemo. Veo que estoy llamando la atención de la gente. Me siento en uno de esos largos bancos donde no hay nadie y miro hacia el frente, alguien me está mirando. Es la Virgen María que me sonríe y abre sus brazos como si quisiera abrazarme. ¡Sí virgencita quiero que me abraces, vos me comprendés, vos me querés, vos sabés que amar está bien, que los que amamos somos valientes y podemos bancarnos que no nos quieran. Pero ¡cómo duele mamita!

¿Se puede enloquecer de amor? Mejor cortarse, sangrar, sentir el dolor en el cuerpo, así el alma descansa de sufrir. La sangre tiene ese color tan rojo sangre, ese olor a carne, a churrasco crudo, y ese fluir cuando te cortás. Me gusta chupar mi sangre cuando me lastimo ¿Tendré algo de vampira? Nunca probé la sangre de Eme ¿Qué gusto tendrá? Si sigo así se que voy camino al loquero, pero ellos tienen la culpa, voy a volver a casa en colectivo y entraré por la ventana para que no me vean. ¿Despertaré mañana? Si despierto y me preguntan que hice después de la escuela, no les contaré nada.

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Autor: Ana Rubiolo

Mi nombre es Ana Rubiolo, soy fan de la Astrología y el TAROT. Escribo mis sueños y sus imágenes son una fuente de inspiración para mis cuentos. La ficción, los sueños y las experiencias vividas van rondando en mi escritura.

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