Un Barba Azul en mi familia
Yo nací en dictadura. Tanto mi padre como el marido de mi abuela se tuvieron que exiliar en otro país “porque si no los mataban los militares”, me contó mi abuela cuando yo tenía tres años y pregunté por ellos. Después ella fue hacia un cajón de su mesita de luz y me mostró la última foto familiar antes de que ellos partieran. Yo en esa foto todavía estaba en la panza de mi mamá. Miré la foto y la miré a ella. Entonces agregó “esos fachos de mierda que ahora están en el poder no nos van a dejan en paz”. Me sacó la foto de mi mano y la volvió a guardar en el cajón.

Nosotras tres, mi mamá, mi abuela y yo, nos relacionamos con muy poca gente, una de las razones se puede explicar por la prohibición del gobierno de que la gente se reúna. “No más de tres o cuatro personas” dice el edicto. Pero también sospecho yo, recordando comentarios de mi abuela, que nuestra familia “está marcada”, por haber participado en política. Parece que muchos conocidos se alejaron de nosotras.
La única que nos visita seguido es mi madrina. La quiero mucho a mi madrina. Me encanta charlar con ella. A veces viene a cuidarme cuando mamá y la abuela tienen que salir. Mi madrina me cuenta muchas cosas que mi mamá y mi abuela no me dicen porque creen que me protegen de esa manera, pero me parece que están equivocadas.
Elsa, mi madrina, me relata cosas muy curiosas, cosas que pasaban cuando ella era chica como yo soy ahora.
-Todo era ¡tan distinto! – me dice
Cuando Elsa tenía mis años era la época del primer peronismo ella era muy chiquita pero tiene recuerdos muy divertidos. Una de las historias que más me gusta escuchar es “la de las reuniones familiares”.
Elsa me repite que una de las cosas que más le aburría, era ir de visita con su madre y su padre a la casa de los tíos. Al parecer en aquella época eran muchos los parientes y todos tenían la costumbre de reunirse con frecuencia. Cosa rara ahora, pero en ese entonces llegaban a ser más de veinte o treinta reunidos alrededor de una mesa. Ella dice que las familias tenían casi como una obligación verse seguido. Todas las semanas había que ir a la casa de algún pariente y la actividad central era sentarse a la mesa a comer. Comer tenía el valor de un festejo.
-Después de engullir tanto, quedábamos todos rechonchos – comenta y se toca la panza. Yo me río porque me los imagino todos como chanchitos y chanchotes muy panzones.

Las excusas para reunirse y sentarse a comer eran muchas. Un cumpleaños, un aniversario, las fechas patrias, las religiosas, los bautismos, las comuniones, las confirmaciones, los casamientos, los velorios o cualquier otra cosa que apareciera.
Ella piensa que la causa imperiosa para encontrarse a comer se debía a que todos esos adultos, gente grande, por los años treinta habían pasado “mucha hambruna”. Cuando Elsa llega a este momento del relato, se pone muy seria y pensativa. Luego retoma la palabra y me explica que las causas del hambre, según ella, habían irrumpido por distintos motivos. El más contundente y repetitivo se debía a las crisis económicas, que en un país “dependiente” como la Argentina… y aclara como voz más fuerte y enojada, ¡con esos gobiernos de turno, chupamedias de los ingleses y de los yanquis!, lo primero que hacen es decretar despidos masivos. A muchos de sus tíos, ella los había escuchado quejarse de cómo los habían echado del trabajo de un día para el otro, quedándose sin un mango y por varios años sin poder hacer nada.
Después de tomar mucho vino y muchas confesiones, Elsa me mira como resignada y sigue comentando que se quedaban todos en silencio, se llenaba de tristeza el ambiente, me dice, pero alguno de ellos se animaba y retomaba la charla cambiando de tema.
El hecho de juntarse a comer supone ella, era una manera de expulsar las malas épocas y recordarlas como los peores tiempos pasados. Así se superaba lo peor de lo vivido y se daban el placer de disfrutar de una buena comida y hacer una extensa protesta colectiva. Acto seguido, dice ella, se ponían a contar chistes o a cargarse entre ellos. Aunque no siempre las charlas eran amistosas. Cuando discutían de política, “se pudría todo”, algunos querían agarrarse a trompadas, otros se retiraban a fumar al patio embroncados, otros se iban directamente… las mujeres generalmente indignadas, opinaban que no era para tanto y seguían conversando de sus cosas.
A mí me gusta escuchar los relatos de mi madrina porque me imagino las escenas, los personajes, los lugares, las cosas que se decían… Era casi más divertido que jugar con mis títeres.
Elsa trabaja como maestra en una escuela primaria y cuando viene a visitarnos, con su guardapolvo blanco en la mano, siempre me trae regalos. Generalmente son libros de cuentos, pero también me regala lápices de colores y cuadernos con hojas blancas para dibujar.
Ahora hace un tiempo que no viene… Yo le pregunto a la abuela o a mamá qué le pasa a la madrina… pero ellas ponen cara seria y no me dicen nada o a veces ante mi insistencia afirman que como ella es hija única y soltera, tiene que cuidar a sus padres que ya están grandes y llenos de achaques.
Como yo soy muy curiosa sé “parar la oreja” y escuchar sus conversaciones sin que se den cuentan. Un día escucho decir a mi abuela que los padres de Elsa han muerto, “en menos de tres meses se fueron los dos” comenta.
Al poco tiempo escucho otra frase que me inquieta mucho, la abuela repite y repite “ese tipo es un degenerado, lo único que le interesa es la plata y es capaz de hacer cualquier cosa…”
-¿Quién es “ese tipo”? –me pregunto
En una visita sorpresa del tío Manolo, me doy cuenta que mi abuela lo mira mal, con furia contenida…
-¿Será ese “ese tipo”? – pienso
Hablan fuerte, discuten y el tío Manolo se levanta y se va… Entonces mi madre le comenta a mi abuela
-Vino porque tiene cola de paja, sabe que no nos tragamos sus mentiras.
¡Confirmado! Ese es “el mal tipo de la familia”. Ahora me falta averiguar si ese “mal tipo” tiene algo que ver con la ausencia de mi madrina.
Yo ante ellas hago que estoy con el cuaderno de los deberes o que estoy jugando, pero “sigo parando la oreja” para no perderme nada. Oigo que suena el teléfono y atiende mamá. Ella escucha algo a través del tubo, lo suelta y se pone a llorar, a gritar, a insultar… mi abuela corre a su lado y la abraza, mi madre le dice entrecortada “Rosita está muerta… se suicidó… tomó veneno para las ratas”. Rosita es la tía soltera que vive con su hermana Ester, la mujer del tío Manolo.
Se encierran en la habitación para hablar entre ellas dos, pero yo me quedo escuchando detrás de la puerta. Mi abuela protesta “este tipo es un mal nacido, la persiguió, le llenó la cabeza contra Rufino, hasta que logró que lo dejara”
Rufino es el novio de Rosita… las veces que yo los vi a los dos juntos se los veía muy felices, muy cariñosos.
No entiendo nada, ¿por qué Rosita deja a Rufino si lo quiere? ¿Por qué se mata?
Mi mamá sale de pronto de la habitación secándose las lágrimas con un pañuelo y me dice:
-Tengo que prepararte la leche, ¿Querés pan con manteca?
– ¿Qué pasa mamá?, ¿qué le pasó a la tía Rosita?
-Vos sos muy chiquita, no entendés de estas cosas…
Pero mi mamá se equivoca, yo entiendo. Sé que en la familia hay un “mal tipo”, un degenerado al que solo le interesa la plata y que vive “de arriba” en la casa de Ester y Rosita y que les saca el dinero que ellas ganan trabajando en la fábrica. Eso me lo confesó Rosita una vez mientras viajábamos en el tren yendo a la casa de otra tía. Ahora me falta averiguar qué pasa con mi madrina.
El otro día llega Goyo a nuestra casa también de sorpresa. Goyo es el hijo de Ester y Manolo. Viene a avisarnos que mi madrina, Elsa, está muy enferma y que Manolo la está cuidando, pero como los remedios son muy caros les pregunta a mi mamá y a mi abuela si pueden colaborar con algo de dinero.
Mi abuela da un golpe en la mesa, se pone de pie y toma la palabra.
-De ninguna manera vamos a poner un peso, primero porque no tenemos y segundo… decile al vago de tu padre que trabaje él y se deje de “vivirlas” a las mujeres, que deje de robarles el dinero que ganan con tanto esfuerzo.
-Pero papá trata de trabajar, lo que pasa es que le salen mal los negocios…
-Por eso te manda a trabajar a vos que todavía sos menor de edad y tendrías que estar estudiando en el secundario…
-Pero a mí no me gusta estudiar…
-Eso te lo hizo creer él porque siempre te trató de tonto…
Goyo se pone rojo como un tomate, se levanta y se va sin saludar.
Mi madre y mi abuela se vuelven a encerrar en la habitación y me dejan sola en el Comedor. Esta vez hablan en vos muy baja y no puedo escuchar nada, solo los sollozos de mi mamá y la voz de mi abuela que parece consolarla.
A la tarde llama por teléfono la tía Ester para avisarnos que Elsa, mi madrina, ha muerto y como Manolo la estaba cuidado, Elsa en agradecimiento le ha dejado todas sus propiedades a él.
Mi madre indignada corta la comunicación. Pero al rato hay otro llamado y esta vez atiende mi abuela, entonces Ester le pasa la dirección del lugar dónde van a hacer el velatorio. Yo les digo llorando que no quiero ver a mi madrina muerta que la quiero ver con vida.
Ellas se miran sin saber qué decir… luego mamá me propone que dibuje algo con los lápices de colores que me regaló Elsa, que haga un dibujo en su memoria.
Como siempre se encierran a hablar entre ellas en la habitación.
Yo me quedo en la mesa del comedor y dibujo. A Elsa la hago sonriente, con su pelo ondulado, con su delantal de maestra y sus zapatos marrones, tiene un libro en la mano. Yo me dibujo con los brazos abiertos para recibir el libro, con mis ojos muy grandes, porque quiero ver si es el libro de cuentos que ella me prometió. Uno fácil para que yo lo pueda leer solita.
Mi abuela decide ir al velorio y hablar con Manolo. Le pide que le entregue unos libros que Elsa me iba a dar. Como a él las cosas que no tienen valor monetario no le interesan llega a casa con un paquete de libros. Mi abuela en agradecimiento le regala un pastel. Parece que ese pastel está tan rico que se lo devora el solo y se descompone tanto, tanto, que tienen que internarlo. En el hospital hacen lo que pueden para salvarlo, pero según mi abuela parece que va a quedar tan estropeado que ya no va a joder más a ninguna mujer. Chau, chau, lobo astuto gritamos las tres.
